Diana Álvarez Mejía
La exposición “Tamayo, Nieto, Toledo: Los años en París”, que estará en el Museo Tamayo hasta febrero del 2027, es una muestra necesaria de ver. No sólo por las sobresalientes obras que hay de estos tres artistas, sino porque, a mí parecer, finalmente se le da el reconocimiento que merece Rodolfo Nieto como uno de los creadores más representativos de Oaxaca, comparable con Tamayo y Toledo. La fama de éstos no necesita referente;y, si bien fueron artistas destacados, no han sido los únicos oaxaqueños que han trazado un camino importante en el arte.
En 1970, Rodolfo Nieto ganó la Bienal de Caen y la Bienal de Menton, lo que le ganó fama y reconocimiento en el mundo del arte europeo. Pero en México su obra no tuvo el mismo auge tras su regreso. La crítica artística mexicana se rehusó a considerar su trabajo en la misma magnitud que el de Tamayo y Toledo; situación que se puede observar hasta hoy en día, ya que, para saber quién es Nieto es necesario que uno forme parte del sistema artístico, a diferencia de como sucede con el otro par de creadores.
Considero que gran parte de su falta de reconocimiento se debe a que tendió más a la abstracción. De ahí que lo relacionaran con la generación de La Ruptura. Influenciado por su estancia en París, Nieto desarrolló una producción artística con una identidad estética propia que desafió las normas establecidas. Se sirvió de diversas instancias de su pasado cultural, reinterpretando formas y tradiciones prehispánicas que confabuló con la estética de las vanguardias europeas para crear un lenguaje plenamente personal y original. Para él, según Beatriz Paredes, la originalidad no era otra cosa que dosificar, asimilar, poner en marcha el engranaje de ideas que otros pintores pueden provocarte.
Nieto mismo afirmó que nunca se pudo desprender de su Oaxaca: todo lo que pintaba eran sus versiones y perversiones que salieron de la iglesia de Santo Domingo de aquella ciudad. Para Paredes, sin embargo, Nieto no se consideraba un pintor mexicano, si por ello se entiende sólo los nopales o los indígenas cubiertos por sombreros. Su arte es mexicano y universal, mueve a la crispación de los sentidos y, al mirar su obra, el espectador descubre sus orígenes zapotecas y la zoología que le sirvió de fuente inspiradora. Sí, Paredes está en lo correcto: su origen mexicano lo sabemos quienes hemos visto sus exposiciones con detenimiento.
Debido a las críticas y al pobre reconocimiento, Nieto se convenció de que no era la suficientemente bueno, lo cual hizo que tuviera algunos intentos de suicidio. Jaime Moreno Villarreal, quien escribió en el catálogo del homenaje que se le hizo en el Museo MARCO de Monterrey en 1995, afirmó que encerrado en una recámara se dedicó a leer Las florecillas de San Francisco, obra hagiográfica anónima del siglo XIV. Entonces dejó de alimentarse hasta su muerte en la Clínica Londres de la Ciudad de México en junio de 1985, a pocos meses de cumplir 50 años.
Nieto no respondió a los parámetros que se esperaban en su contemporaneidad; creó un lenguaje verdaderamente único, que sí remite a México, aunque no sea tan evidente como el de Tamayo o Toledo. Sin embargo, a mi juicio, ahí yace su genialidad: trazos impensados que muestran, para aquél que se detiene, formas que remiten a un imaginario mexicano desde un lugar atípico. Su obra es una lectura nueva y propia de una originalidad inconfundible. Nieto es, sin duda, uno de los más grandes artistas mexicanos.
Creo firmemente que el sistema artístico mexicano tiene una deuda pendiente con Rodolfo Nieto, la cual finalmente se está saldando después de décadas. Es lamentable que el reconocimiento que se le dé a este extraordinario artista sea después de su muerte. Hoy el Museo Tamayo le otorga el lugar que merece al estar al lado de Tamayo y Toledo, 41 años después de su fallecimiento.
*Diana Álvarez Mejía. Poeta e historiadora del arte. Tradujo, junto con Antonio Bojórquez, Me mataría en marzo de Hilda Hilst (UANL, 2023). Ha publicado en Primera Página, Santa Rabia Poetry y Letralia, tierra de letras.
@dianacartesiana
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