El gusto. Notable, la forma en que va cambiando el lenguaje (verbal, corporal, facial) de la presidenta Sheinbaum. Del temblor titubeante, de un cierto rubor al imitar el habla, los ademanes, las miradas y las falsedades de su antecesor, la presidenta parece irle tomando gusto a la mentira, incluso ante hechos del dominio público.
¿Pruebas? Porque ¿Quién no se enteró, se indignó o se mofó del amañado proceso –coronado por López Obrador con una tómbola con puros adictos– para llevar a Taddei a la presidencia del INE, como para atribuírsela ahora a Lorenzo Córdova? ¿O quién no se percató de la anticonstitucional sobrerrepresentación otorgada por ese INE al régimen para destrozar la república, como para negar la pertenencia de ella a Morena? La Corte exime de pruebas hechos notorios, comúnmente sabidos y del conocimiento público.
Peza. De la formación liberal de Juan de Dios Peza proviene una ‘narrativa’ –se diría hoy– dirigida al ‘pueblo’ –y a los niños– valorándolos como personas y no como objetos inermes frente las más burdas falacias. Nunca olvidé su poema ‘El nido’, del libro Alma infantil, que llegó a mis manos en primero de primaria. El verso final quedó grabado en mi mente como referencia ética de aplicaciones múltiples: “El vil placer de matar”. El texto sobrevivió hasta las primeras reediciones de los libros de texto gratuitos. Todavía les tocó a mis hijos. Vicente Leñero parafraseó aquella frase en una portada de Revista de Revistas, resucitada por el Excélsior de Julio Scherer: “El placer de matar”, en referencia a la cacería.
Nueva paráfrasis. Ahora cobraría ese enunciado un nuevo, aterrador sentido, ante la explosión de homicidios y los grados de sadismo y crueldad alcanzados por individuos y bandas criminales. Mientras la ‘narrativa’ gubernamental prescribiría una nueva paráfrasis de aquel verso: ‘el vil placer de mentir’.
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