Es profundamente ilustrativo y también inquietante para el futuro de México observar lo ocurrido recientemente en Venezuela. Desde mi óptica, lo que vimos no fue una cruzada democrática ni una intervención moral, fue una operación quirúrgica fría y calculada de Donald Trump en su papel de oncólogo geopolítico, extirpó el tumor, pero dejó intacto el cáncer.
La metáfora es dura, pero precisa. El tumor, el personaje, el símbolo, el factor disruptivo, el fanfarrón político podía ser removido. El cáncer, la descomposición institucional, la ausencia de Estado de derecho, la demolición sistemática de la democracia quedó ahí. No porque no se viera, sino porque no era el objetivo.
La operación no respondió a un imperativo ético ni a una vocación democrática. Respondió a un interés superior, el económico. MAGA no es una doctrina moral, es un proyecto de riqueza, poder y rentabilidad. Su lógica es pragmática, transaccional y descarnada. Donde hay valor económico, hay intervención. Donde no lo hay, hay indiferencia. La democracia es secundaria. La estabilidad institucional, opcional. La moral, irrelevante.
Aquí conviene hacer una precisión incómoda, pero necesaria. A Trump no se le puede escatimar algo fundamental, ha entendido con enorme claridad la realidad actual de las sociedades, y muy especialmente la de la que gobierna. Ha leído con precisión quirúrgica el humor social dominante, el materialismo como premisa central, la prioridad del bienestar económico inmediato por encima de valores abstractos, discursos morales o ideales democráticos que hoy movilizan poco y convencen menos.
Ese entendimiento explica su contundencia en la toma de decisiones que, hasta hace apenas algunos meses, habrían parecido impensables. No actúa desde la improvisación, sino desde una lectura cruda de lo que una parte significativa de la sociedad está dispuesta a respaldar, tolerar o incluso celebrar.
Esto no es una descalificación personal ni un juicio ideológico. Es una lectura realista del poder. En el mundo actual, las grandes decisiones no se toman con base en valores universales, sino en costos, beneficios y retornos estratégicos. Quien espere algo distinto se engaña a sí mismo.
Y aquí es donde México debería poner atención.
Lo ocurrido en Venezuela es una advertencia mayor de cara a las decisiones críticas que México enfrentará en los próximos tres años. Especialmente para quienes aún conservan la esperanza de que la solución a nuestro deterioro democrático llegará desde el norte. No llegará.
Washington no tiene como prioridad rescatar democracias ajenas. Tiene como prioridad defender y expandir sus propios intereses. México no es un proyecto moral para MAGA. Es una pieza en el tablero económico, un balón que se patea según convenga a los ciclos comerciales, energéticos, financieros y electorales de Estados Unidos.
En este contexto, no pasan inadvertidos los mensajes y avisos recientes emitidos por la Federal Administration Aviation (FAA), particularmente aquellos que ajustan o restringen operaciones aéreas en zonas sensibles del entorno regional. Aunque formalmente se presentan como comunicaciones técnicas NOTAMs, advertencias de navegación o medidas preventivas, en el lenguaje del poder internacional este tipo de avisos también funcionan como señales estratégicas. No anuncian decisiones, pero preparan escenarios. No declaran intervenciones, pero delimitan márgenes de acción.
Sería ingenuo descartar que estas señales apunten a formas de intervención indirecta, de bajo costo político y alto rendimiento estratégico, como operaciones con drones, vigilancia aérea avanzada o esquemas de inteligencia remota. No se trata necesariamente de una acción militar clásica, sino de un mecanismo plenamente compatible con la lógica MAGA, mínima exposición, máxima utilidad, cero narrativa moral. Otra vez, no por altruismo democrático, sino por control de riesgos económicos, energéticos y de seguridad nacional. El mensaje implícito es inquietante, cuando el desorden institucional rebasa ciertos umbrales, el tablero cambia y otros comienzan a mover piezas.
Quien no entienda, esto corre el riesgo de confundir pragmatismo con solidaridad y poder con principios. Corre el riesgo de delegar su destino esperando una salvación externa que nunca llegará.
La lección es incómoda, pero necesaria, nadie va a venir a salvarnos. Si México no reconstruye su democracia, su Estado de derecho y sus instituciones desde dentro, nadie lo hará por nosotros. Y mucho menos por razones éticas.
El tumor puede ser removido por otros.
El cáncer, si no se enfrenta internamente, siempre regresa.
