Martin Luther King decía que lo que más duele no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos. Obviamente no se refería a la cobardía sino algo más sofisticado y peligroso. La decisión consciente de callar cuando hacerlo resulta muy rentable. Guardar silencio ante la injusticia se ha vuelto un negocio muy lucrativo.
Los silenciosos siempre son más discretos. Más eficaces. Han aprendido que el silencio se parece al famoso 99% de lealtad. No tienen que estar de acuerdo, con callar y cobrar es suficiente. Rinde mejor que cualquier consigna. Porque el poder les ha hecho la vida muy cómoda y amable. Porque el saqueo es generoso y la cartera rebosa, las casas se multiplican, el contrato llega sin licitación y la empresa fantasma resulta tener el mismo apellido que el compañero de primaria, el primo o el chofer.
Ellos no se reconocen a sí mismos como corruptos. Se creen pragmáticos y realistas. Personas que entendieron cómo funciona la “honestidad valiente”. Y se congratulan de participar con lo que parece alta política, pero apesta a complacencia. El silencio se vuelve una coartada moral, una forma elegante de no mancharse las manos aunque el lodo llegue hasta el cuello. No roban, ellos se acomodan. No mienten, sólo matizan. Y cuando les toca repetir el guión, lo hacen desde la cómoda distancia que coincide con el lugar donde están los beneficios.
Porque hay silenciosos de muchas especies. Están los chapulines, expertos en mudar de piel sin que se note, capaces de jurar lealtad a cualquier causa que venga acompañada de presupuesto y fuero. Están los académicos mentirosos que envuelven el engaño en gráficas y citas, que maquillan el desastre con lenguaje técnico para que parezca verosímil, casi natural. Están los empresarios favorecidos, que confunden el mérito con el privilegio de la cercanía al poder.
Están los familiares beneficiados, que heredaron el contrato o el puesto antes que la decencia del abuelo obrero.
Porque el silencio cuando se institucionaliza, se convierte en acuerdo, no en lealtad. Porque callar frente al saqueo es cobrar comisión. Callar frente a la negligencia es administrar el contrato. Callar frente a la corrupción es aceptarla como la propia forma de vida. Los silenciosos no ensucian el aire con discursos.
Son los cómplices de la omisión calculada, del expediente perdido, del dictamen maquillado y de la tragedia que se convierte en pocos días en noticia olvidada.
Lo más inquietante no es su nueva riqueza ni su cinismo, sino su capacidad de normalizarlo todo. Viven en la negación del abuso, hacen del desfalco un mero tecnicismo y del fracaso una conspiración de sus adversarios. Le apuestan a que el escándalo siempre cansa y que la indignación se olvida. Que la memoria pública es breve. A que el ruido pase rápido para que la normalización venza a la decencia.
Y no callan porque no sepan. Callan porque ya cobraron. El silencio aquí no es neutral. Saben que alguien les dio permiso de usar la transformación nacional como una forma de autobienestar. Pero el silencio siempre es una elección. Y casi siempre, lo hace con un cheque al portador en la bolsa...
