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El FBI en México y una soberanía light

Llegaron los federales, pero no los nuestros, sino los del FBI. La detención, en la Ciudad de México, de James Wedding, es una ilustración de la reconfiguración de la seguridad en la región.

Lejos de ser el punto culminante, es el inicio de una intervención más activa de las agencias estadounidenses en nuestro país.

Más allá de la duda entre entrega o captura, lo interesante es que el FBI hizo notoria su presencia en el operativo, no solo porque el director Kash Patel estuviera reunido con Omar García Harfuch, sino porque respaldaron las versiones, de la revista Vanity Fair, de que el mismo grupo que “extrajo” a Nicolás Maduro estuvo involucrado en la historia.

En retrospectiva, es claro que en los departamentos de Estado y de Justicia no querían arriesgarse a un escape y mucho menos a que policías o militares mexicanos interrogaran al narcotraficante.

Por eso lo atraparon y se lo llevaron, dejando amplias dudas sobre la legalidad del procedimiento, sobre todo si se observa desde la perspectiva de las leyes mexicanas, que, aunque cada vez más en desuso, mantienen un espíritu garantista.

En ello, sin embargo, hay una capitulación anticipada, ya que la SRE se comprometió, en Washington, a seguir trasladando y entregados objetivos criminales de valor para el FBI y la DEA.

Desde un punto de vista soberano, se debería de privilegiar el juzgar a los bandidos primero en México, pero al parecer nadie confía en el sistema de justicia y eso que ya está hecho al gusto de quienes tienen el poder.

Aunque, siendo francos, también se entiende la urgencia de capturar a objetivos prioritarios que, al menos durante seis años, disfrutaron de una suerte de tregua que aprovecharon para fortalecerse.

Es ahí donde se configura una soberanía light, en los hechos, aunque otra cosa se diga en los discursos. Es un antídoto, aunque sea momentáneo, al intermedio mismo de Donald Trump.

Al mismo tiempo, sacaron del tablero a un jugador importante ya que Wedding, a decir del propio FBI, es una especie de “Chapo” Guzmán mezclado con Pablo Escobar, un portento del mundo criminal al que le seguían la pista desde hace 10 años.

La organización criminal del canadiense era una de las afluentes del cártel de Sinaloa, con todo lo que ello puede implicar a nivel de información y de revelación de las más diversas complicidades.

En efecto, ya están aquí los federales, como en los pueblos del Viejo Oeste, cuando llegaba el Sheriff y ponía orden, aunque fuera a un costo que tendrían que pagar los propios lugareños.