Era la mañanera del 18 de septiembre de 2020. En la pantalla se proyectaba la portada del diario Reforma: "Suman en el año 45 masacres". El presidente soltó una breve carcajada y pronunció una frase lapidaria e indolente: "Ahí están las masacres, jejeje". Acto seguido, continuó su embestida contra los medios e intelectuales, argumentando que la prensa utilizaba la violencia para atacar a su gobierno y que antes "callaban como momias".
Lejos, muy lejos, quedaba la indignación del obradorismo por las tragedias de sexenios anteriores: Tlatlaya, Ayotzinapa, Salvárcar o Allende. Frente a nosotros emergía la impronta de la "transformación": la deshumanización de la tragedia. Cuando un líder reduce una matanza a un arma política de sus adversarios, la muerte del "otro" se vuelve sospechosa. El dolor de las víctimas se diluye en el ácido del proyecto oficialista; no hay humanidad detrás del dato estadístico. El lenguaje deja de describir la realidad para empezar a negarla.
Hoy, la tragedia es una abstracción. Los eventos de violencia extrema han dejado de ser catástrofes humanas para tornarse piezas de un tablero retórico. Mientras la indignación se diluye en la normalidad, el desprecio criminal por la vida ensancha un miedo sigiloso. Las redes delictivas no habitan un mundo aparte: se entremezclan con las élites políticas, conviven con ellas y, a menudo, las patrocinan. En la cartografía del poder, caminan juntas.
En la administración de Claudia Sheinbaum, las masacres continúan: Querétaro, Cuautitlán Izcalli, Chilpancingo, Culiacán y Salamanca. La respuesta de la mandataria ha sido técnica y política, una "empatía expresiva" mínima que pretende desarraigar el sufrimiento del debate público. Al banalizar estos hechos, el discurso oficial valida indirectamente este orden, renunciando a su función de protección para limitarse a gestionar la narrativa de la muerte en lugar de evitarla.
Esta erosión de la realidad a manos del discurso de poder nos recuerda lo advertido por Hannah Arendt (2006) en Los orígenes del totalitarismo:
"El súbdito ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, los estándares del pensamiento) ya no existen".
La persistencia de las masacres, ahora despojadas de nombre y sentimiento en el discurso oficial, revela una transición peligrosa: de la indignación como bandera política a la indiferencia como estrategia de Estado. Cuando el poder prefiere administrar el silencio y la semántica antes que la justicia, la sociedad queda atrapada en una "paz" estadística que sólo sirve para encubrir fosas. La verdadera tragedia no es sólo que la violencia continúe, sino que el Estado haya decidido que las víctimas ya no merecen siquiera el luto de la palabra pública.
