La Fiscalía General de la República (FGR) dictaminó que el descarrilamiento del Tren Interoceánico, a consecuencia del cual murieron 14 personas y resultaron lesionadas más de 100, se debió a que el maquinista, Emilio Erasmo Canteros Pérez, “condució” (sic que no puede creer la conjugación de la FGR en un documento oficial) el tren a exceso de velocidad, en tanto que Felipe de Jesús Díaz Gómez, conductor, y Ricardo Mendoza Cerón, jefe de despachadores, no accionaron la válvula de freno de emergencia para detenerlo.
La velocidad permitida en la curva en la que se produjo el percance es de 50 kilómetros por hora, y en ese punto la locomotora iba a 65 kilómetros por hora. ¿En verdad un tren de alta velocidad, si el tren y la vía están en condiciones adecuadas, no puede tomar una curva a esa velocidad so pena de descarrilarse? Pero, además –este es el punto crucial–, el tren carecía de velocímetro en la cabina de conducción. Se sabe la velocidad a la que avanzaba por la caja negra. “¿Cómo diablos iban a saber –pregunta Jorge Castañeda– el maquinista, el conductor y el despachador que sobrepasaron la velocidad autorizada, sin velocímetro?” (Nexos, 29 de enero).
La presidenta había prometido que se contrataría una instancia investigadora externa para realizar el peritaje. Eso era lo único aceptable. No se hizo. Seguramente la doctora Sheinbaum recordó el dictamen de la firma noruega DNV sobre el desplome de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México. Las conclusiones de DNV –que la mandataria había anticipado que serían inobjetables– no le gustaron, porque señalaban fallas en la construcción y en el mantenimiento, y las desconoció sin encargar otro peritaje. La entonces fiscal de la ciudad, Ernestina Godoy, hoy fiscal general de la República, se tragó ese sapo.
Sergio Sarmiento pregunta: “Si la vía estaba en buenas condiciones, ¿cómo es posible que un tren se descarriló porque iba a 65 kilómetros por hora en una zona de 50? ¿No consideraron los constructores un margen razonable de seguridad? ¿Por qué hay videos que muestran durmientes de madera deteriorados? ¿Qué pasó con los sistemas de alerta por exceso de velocidad que debe tener un tren? ¿Qué ha resultado de las investigaciones sobre las acusaciones de corrupción en la compra de insumos?” (Reforma, 29 de enero).
Un buen amigo me ha recordado que los gobiernos de la 4T tienen como lema predilecto el de “primero los pobres”, y en este caso lo están cumpliendo. Los culpados son tres trabajadores que no podían darse cuenta, por la carencia de velocímetro en la cabina de conducción, de que el tren excedía la velocidad permitida.
Los expertos Agustín Ortega y Manuel del Moral han señalado, entre otras cosas, que el descarrilamiento era previsible por fallas estructurales del proyecto, locomotoras chatarra de más de 30 años, trazos de la época de Porfirio Díaz y material rodante inadecuado. Del Moral sostiene que la estabilidad de la vía ha sido comprometida por la coexistencia sin orden de madera y concreto, y que no se ha investigado a fondo la cuestionada calidad del balasto (nota de Ignacio Alzaga, La Aurora de México, 30 de enero).
Los chivos expiatorios son frecuentes en la procuración de justicia mexicana. El maquinista, el conductor y el despachador lo son: primero –más bien: exclusivamente en este caso– los pobres.
