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Estamos Unidos de América

Estados Unidos y México comparten más de tres mil ciento cincuenta kilómetros de frontera, una franja territorial que corre del Pacífico al Golfo de México y que sirve como punto de partida para entender hasta qué grado ambos países están íntimamente vinculados. Esa línea no sólo separa soberanías, también conecta economías, culturas, costumbres y decisiones políticas cuyos efectos cruzan diariamente de un lado a otro. Comercio, migración y seguridad no son asuntos externos, son realidades compartidas que definen la vida cotidiana de millones de personas.

Quienes nacimos y crecimos en la frontera hemos vivido esa relación con crudeza y naturalidad, en los hábitos de consumo, en el lenguaje, en la forma de trabajar y de sobrevivir. La frontera no es una consigna ni un discurso, es una condición de vida. Por eso, que hoy en esa región del norte de México exista una gobernante sin visa norteamericana no es una anécdota ni un trámite burocrático. Es una ruptura política, un mensaje inequívoco de deterioro institucional y una señal de aislamiento inédita en una zona construida históricamente sobre la integración, la confianza y la interdependencia. En la frontera, ese tipo de hechos no se explican, se resienten con vergüenza.

A esta interdependencia histórica se suma un fenómeno global que no distingue fronteras. La polarización social y política. Las sociedades parecen vivir de peor humor, atrapadas entre expectativas incumplidas, frustración generacional y sistemas políticos incapaces de procesar el descontento sin convertirlo en confrontación permanente.

En Estados Unidos, los últimos 10 años profundizaron una fractura que dejó de ser sólo ideológica. Republicanos contra demócratas se convirtió en una identidad total, acompañada de una polarización étnica cada vez más visible. Pareciera olvidarse que después de la Segunda Guerra Mundial el país fortaleció su liderazgo global atrayendo talento, ciencia y mentes brillantes de todas las nacionalidades, una ventaja estratégica hoy cuestionada desde dentro.

En México, como es evidente, no cantamos mal las rancheras. A partir de 2017 y con la formalización política que trajeron las elecciones de 2018, con López Obrador en la Presidencia, el país se dividió primero en lo político y casi de inmediato en lo social. Las etiquetas de chairos contra fifís sustituyeron al debate y trasladaron la discusión ideológica al terreno del desprecio. Desde entonces, la narrativa pública se sostiene en una lógica de confrontación permanente que alimenta una nueva lucha de clases basada mucho más en el resentimiento que en las ideas.

Donald Trump entendió ese malestar interno de un sector amplio de la sociedad estadounidense desde 2016 y lo convirtió en una de las columnas vertebrales de su proyecto político. Su discurso se edificó sobre la inconformidad con lo que ocurría en la frontera sur, la migración, el tráfico de drogas y la supuesta amenaza de terroristas de Medio Oriente utilizando a México como trampolín. El muro no fue únicamente una propuesta de infraestructura, fue un símbolo electoral diseñado para canalizar miedos y frustraciones. Es evidente que desde entonces no le gusta ni confía en lo que sucede al sur del río Bravo.

Del otro lado de la frontera, el discurso de la soberanía fue utilizado como un recurso eficaz para activar el nacionalismo mexicano, acompañado de un alineamiento ideológico con Cuba, Venezuela, China y Rusia que tensó la relación bilateral y alteró equilibrios internos.

Aquí conviene hacer una precisión fundamental. Yo me siento patriota, no sólo en el sentimiento, sino en los hechos. Pero el patriotismo no implica ni exige defender al Chapo, al Mayo, ni tolerar el espectáculo de las fanfarronerías de Fernández Noroña o la presunta complicidad vinculada a la llamada Barredora, de Adán Augusto López. El mexicanismo auténtico parte de una lógica elemental, distinguir con claridad lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo. Esa visión ciega que pretende absolverlo todo bajo el argumento de que son narcos o corruptos pero ante todo son mexicanos y por eso hay que defenderlos no sólo es absurda, es peligrosa. No es patriotismo, es complicidad disfrazada de identidad.

Hoy, lo que ocurre en uno u otro país impacta de inmediato al vecino. La cancelación de visas y la detención de figuras clave del crimen organizado han contenido, aunque sea de manera temporal, la inercia autocrática de la política mexicana encabezada por Morena. Al mismo tiempo, estas acciones han legitimado en Estados Unidos un discurso antimexicano que alimenta a la base republicana que sostiene políticamente al presidente Donald Trump.

En los próximos meses nos enfrentamos al escenario regional más delicado de los últimos años. Si la desacreditación de México funcionó electoralmente para los republicanos en el pasado, hoy, con el desgaste de las operaciones antimigratorias y el malestar económico, podrían venir decisiones más agresivas. Intervenciones con drones en regiones rurales dominadas por el narcotráfico o la detención de tomadores de decisiones políticas relevantes ya no parecen hipótesis lejanas.

Pero cada vez con mayor claridad y sin pudor, estamos unidos de América, unidos no por un proyecto común, sino por una tensión permanente que amenaza con convertirse en nuestra nueva normalidad.