El 23 de enero un grupo criminal decidió cruzar una línea, una más. Secuestró a 10 empleados de la minera canadiense Vizla Silver, en La Concordia, Sinaloa.
La dureza de las informaciones, la que proviene del día a día sinaloense, no debe hacernos perder de vista los retos que lanzan las organizaciones delictivas y las implicaciones que ello puede tener, en el presente, por supuesto, pero inclusive en el largo plazo.
El secuestro ocurre, justo cuando México está negociando con Estados Unidos aspectos ligados a la minería y a la producción. Situaciones como esta, más allá de su particularidad, irrumpen y enturbian cualquier análisis relacionado con la seguridad, la de las personas y la de las inversiones.
La Cámara Minera de México calcula que la inseguridad implica un costo de alrededor de 10% del monto de producción, porque hay que evaluar el daño por los robos, los gastos en personal de seguridad, pero también los que provienen de las amenazas, extorsiones y secuestros.
En el caso de La Concordia, desde las primeras horas, se hicieron las denuncias respectivas y este lunes cinco de los cuerpos de los mineros fueron localizados en una fosa clandestina en El Verde.
Las autoridades identificaron a Antonio de la O Valdez, supervisor de medio ambiente, a los geólogos Ignacio Aurelio Salazar y José Manuel Castañeda y a los ingenieros José Ángel Hernández y José Antonio Jiménez Nevares.
Vidas rotas, con todo lo que ello implica para familiares y amigos.
Los mataron porque el trabajo en las minas no sólo es riesgoso por su naturaleza, sino porque los acecha y presiona el crimen organizado.
Es factible que sean víctimas de un esquema de extorsión, donde los criminales quisieron dejar muy claro que tienen el control territorial del lugar y son capaces de cumplir sus amenazas.
Sí, a los jefes territoriales poco les importa la vida y la suerte de las personas, de ahí que deban ser detenidos y llevados ante un juez para que paguen por todas las barbaridades que han cometido, entre ellas estas últimas.
Las autoridades siguen buscando, en vida, a los otros cinco mineros, pero los días y las horas que pasan complican la situación.
La suerte de los 10 mineros trasciende su propia situación, que ya de suyo es gravísima y triste, porque en realidad nos encontramos ante una escalada, una afrenta más a la sociedad y una muestra del desastre que impera en Sinaloa.
