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La plaga

Hubo un tiempo en que el sarampión era sólo un recuerdo incómodo en los libros de historia, una de las muchas enfermedades erradicadas, que con un recuerdo fotográfico tipo Polaroid setentera, se mencionaba junto a los enormes logros del pasado, como el Metro, los ejes viales o el sistema electoral autónomo. México lo tenía bajo control. Éramos modernos, estábamos sanos y teníamos un sistema de erradicación de enfermedades graves casi ejemplar. Entonces llegó la Transformación y con ella la novedosa teoría de que los virus, también son neoliberales ladrones de todo lo existente.

El sarampión volvió. Y además como una gran metáfora de la “Transformación de la vida diaria del país”, es decir, como una enorme erupción pululenta y contagiosa. Crecieron los casos en la Ciudad de México, alertas de la OPS y advertencias médicas que entraron por un oído y salían como palabras contra los adversarios mezquinos. Y mientras los epidemiólogos hablaban de coberturas bajas y de millones de niños sin vacunas, el discurso oficial encontró que la verdadera causa del brote, era el mismísimo maldito pasado. Siempre el pasado. Ese villano infalible que sirve para acomodar cualquier presente incómodo.

Aquel Doctor Muerte, que en otros tiempos nos aseguró que ciertas amenazas no representaban amenaza alguna, apareció entonces investido de experto magistral sobre la importancia de la información en salud. Fue un giro interesante, casi literario. El mismo funcionario que anunció que no habría vacunas triples, ni dobles ni de ninguna hasta nuevo aviso, nos recordaba que la información (la suya) salvaba vidas. Y lo decía el mismo maestro del ocultamiento y la negligencia.

Durante años se retuvieron embarques, se ajustaron compras, se rediseñaron sistemas porque había que acabar con la corrupción, esa criatura diabólica que lo mismo se esconde en una licitación que en una jeringa. El resultado fue una proeza administrativa, la de gastar más y comprar menos. Seis millones de niños sin vacuna son una cifra que se convierte en una generación entera que, por la omisión, tienen su (no) futuro ya asignado.

Organizaciones mundiales de salud advirtieron y los medios contaron casos que antes no existían. Y la narrativa oficial permaneció inmutable. Si faltan vacunas es culpa de las farmacéuticas, de los gobiernos anteriores, de la prensa alarmista, del clima, del tráfico, o de la mala suerte. Nunca de la Transformación. Porque la Transformación es una entidad metafísica que no se equivoca y siempre se malinterpreta, por los que la quieren hacer ver mal. Pero ella, siempre bien.

El Amado Líder con su explicación histórica, nos recordó que el sarampión existía desde antes de su mandato. Y sí, bleh. Lo que omitió es que también existía una política de vacunación que funcionaba. Pero eso sería reconocer que algo previo a su dorado reinado servía y semejante concesión, sería una herejía ideológica.

Ocho años después, la Transformación se da cuenta de que los virus no leen discursos ni respetan mayorías legislativas. No entienden de consultas populares ni de mañaneras. Seguro son de derecha. Porque se propagan donde encuentran huecos, como el desabasto, la descoordinación y la soberbia. La ciencia, a diferencia de la retórica, no se Transforma por decreto.

Antes se construían metros, hospitales y sistemas de vacunación. Hoy sólo se construyen explicaciones de proyectos fallidos. De salud perdida. De educación en riesgo. Y lo curioso es que las palabras nunca se inundan, nunca colapsan y nunca se contagian. Para la Transformación, sólo se reciclan…