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Múnich y la redefinición del vínculo transatlántico

En la Conferencia de Seguridad celebrada en Múnich, foro anual sobre política de seguridad internacional y de defensa, que tiene lugar desde 1963, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, pronunció un discurso, para algunos conciliador, en opinión de otros -quizás de manera exagerada-, deslumbrante, al grado de equipararlo con Henry Kissinger y para algunos más, veladamente amenazador.

Dirigido a “nuestros preciados socios y aliados europeos”, la prédica contrastó vivamente con la acre alocución dirigida a ese mismo coloquio el año pasado por el vicepresidente norteamericano, James David Vance. En aquella ocasión, el segundo de Trump sostuvo que el principal peligro para Europa provenía de la erosión de las normas democráticas -especialmente lo que denominó censura, supresión del disenso y exclusión de las voces populistas- más que de las amenazas de Rusia, lo cual afrentó a muchos líderes europeos que se sintieron, con razón, reprendidos.

Otros observadores advirtieron, no obstante, que detrás del tono aparentemente afable de Rubio, se ocultaba el mismo argumento admonitorio, de que Europa debe asumir el gasto y la responsabilidad de su defensa, que debe de abandonar sus veleidades progresistas, en su pretensión de mantener un estado de bienestar, insostenible por oneroso; de dejar pasar una migración masiva y descontrolada; de tener alarmistas pruritos ambientales sobre las energías fósiles, y de renunciar, en suma, de manera tan voluntaria como irracional, a los “valores de Occidente”. Quimeras, que a su entender, socavan la supervivencia misma de Europa.

Fue precisamente en esa alusión donde muchos vieron una velada amenaza y la visión intransigente y extremista del trumpismo, en la medida en que, si bien al hacerla Rubio invocó a Dante, a Shakespeare, a los Beatles y a los Rolling Stones, enfatizó el carácter cristiano de la civilización occidental, por encima de otros valores tales como la Ilustración y exaltó, sin perífrasis, el expansionismo y colonialismo europeos como valores supremos de dicha cultura.

Otra frase que alarmó a algunos fue la descalificación lapidaria lanzada por el máximo responsable de la diplomacia norteamericana contra un “orden mundial basado en reglas”, noción que declaró trillada y a la que llamó una “idea tonta, que ignora la naturaleza humana”. Dicha expresión bien podría ser el epitafio del orden liberal global, vigente desde 1945.

Hubo en la disertación otra sentencia categórica que no se prestó a equívocos: "En Estados Unidos no tenemos interés alguno en ser guardianes educados y diligentes del declive controlado de Occidente", argumentando que la deriva de Occidente no era inevitable, sino el resultado de decisiones políticas erróneas, que Europa debe revertir bajo la égida de Estados Unidos.

El hecho de que el público, en el que destacaban prominentes funcionarios de la Unión Europea y jefes de gobierno y ministros de sus países miembro, tales como el canciller alemán, Friedrich Merz , el presidente francés, Emmanuel Macron, o el primer ministro británico, Keir Starmer, haya despedido la conferencia con una ovación de pie dice mucho sobre la subordinación europea respecto de la hegemonía y designios estadounidenses, pese a las protestaciones recientes de algunos de esos mismos dirigentes sobre la preservación de la defensa del orden liberal global.

Al apagarse el aplauso, flotó en el ambiente una duda inquietante: ¿sigue siendo Estados Unidos aliado de Europa o se ha convertido ahora en su principal adversario?