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Balances después de la escaramuza

Valores noticiosos. Sin el cargo, sus siguientes desplantes, su enorme foto del verdadero Marx y su añorante reivindicación de López Obrador pasarán probablemente desapercibidos. Y es que la visibilidad mediática lograda por Marx Arriaga -antes de abandonar la SEP y la capital- se debió al valor noticioso de lo insólito. Sí: un empleado de cuarto nivel, con un desempeño desastroso, en guerra verbal abierta contra las enmiendas que intentaron aplicarle los niveles superiores, incluida la presidenta. Con un agregado, también, inaudito: la rendición de honores y reconocimientos de esos titulares de niveles superiores, incluida la presidenta, en respuesta a las descalificaciones recibidas del ‘insurrecto’. Y está todavía el otro hecho sorprendente -de valor noticioso internacional- un exfuncionario de los trópicos que no entrega su oficina ni se cambia de ropa durante los días en que se aferró al cargo y a su escritorio frente a cámaras y micrófonos.

Discretos y escandalosos. Pero más allá del balance mediático, ya se pueden estimar los saldos políticos del episodio. Tras casi 17 meses en Palacio, la presidenta ha ido liberando al sistema político de los actores más impresentables. Se resistieron con relativa discreción, usando todas sus influencias y artimañas el ahora ex fiscal general y el ahora excoordinador del bloque oficialista en el Senado, posiciones ciertamente relevantes. En cambio, funcionarios de más baja jerarquía como el ahora exdirector del CIDE, hicieron (mala) noticia de sus resistencias al despido.

El tiempo, recurso escaso. El detalle está en el costo mayor para el país y la presidenta tras la escaramuza de Arriaga. No sólo lo que encareció su despido, sino lo cara que resultó su estancia en el gobierno. Aproximándose a 20 meses en Palacio, la tercera parte del sexenio, no sólo hay que corregir sino empezar de nuevo.