Hace dos semanas planteé una pregunta en la que ahora quiero profundizar: ¿Será que, mientras a los mexicanos nos enorgullece nuestra cultura —gastronomía, música, historia, arte—, casi siempre heredada de quienes vinieron antes, otros países como Chile, Corea o Singapur tienen más motivos para presumir lo que están logrando hoy?
La respuesta que adelanté fue que, desde mi punto de vista, pareciera que nos hemos resignado a que nuestro lado más brillante esté en el pasado. Basta asomarse a nuestras conversaciones cotidianas o a nuestras campañas de promoción para confirmar el diagnóstico: lo que nos decimos y lo que comunicamos acerca de México se sostiene, principalmente, en atributos recibidos de la naturaleza o de obras construidas hace mucho tiempo.
Pienso, por ejemplo, en la majestuosidad de nuestras playas, la riqueza de una gastronomía milenaria o la gloria de nuestras ruinas prehispánicas. También, en el Palacio de Bellas Artes, el Castillo de Chapultepec, el Hospicio Cabañas o el Museo Nacional de Antropología. No creo que sea fácil encontrar a un mexicano que no considere estos activos como motivo de orgullo. Son, por definición, nuestro orgullo de herencia.
Sin embargo, cuando pasamos al terreno del orgullo de logro —aquello que nace de lo que somos capaces de construir nosotros mismos, aquí y ahora— la unanimidad desaparece. Las respuestas se vuelven inevitablemente subjetivas: decía en una entrega anterior que incluso habrá quien se sienta orgulloso de vivir en el país donde hasta los jueces son elegidos por el pueblo; un “logro” de nuestro tiempo. Del mismo modo, supongo que habrá quien se entusiasme con el Tren Maya, el aeropuerto Felipe Ángeles o la refinería de Dos Bocas.
Esto revela el primer obstáculo si aspiramos a alimentar un orgullo de logro compartido: el orgullo siempre es subjetivo, y cada quien encuentra motivos distintos. Pero el problema no es la pluralidad de motivos; el problema aparece cuando no existen acuerdos básicos, un piso común, un marco institucional capaz de producir bienes, servicios u obras que puedan convocar a la mayoría.
Ahí es donde entra el Estado: para ofrecer esos puntos de coincidencia que permiten construir lo colectivo. Por desgracia, a la luz de múltiples evidencias, el régimen actual ha optado por no construir ese piso común. Ha demostrado que es incapaz de proponer o conducir proyectos que no encajen estrictamente dentro de su narrativa ideológica, aun cuando eso limite nuestra capacidad de aspirar a logros colectivos.
Llegados a ese punto, encontramos una conclusión incómoda pero necesaria: si el liderazgo político renuncia a convocarnos a todos, la responsabilidad recae en la sociedad civil. Una sociedad civil consciente, plural e incluyente —también de quienes hoy excluyen—, y genuinamente comprometida, debe organizar, coordinar y construir aquello que, el día de mañana, sin importar nuestras diferencias, pueda despertar un orgullo legítimo y compartido.
Seguiremos con este tema en las próximas entregas.
