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Marx Arriaga, el pirómano de la 4T

Luego de ser despedido de la SEP de Mario Delgado, el “padre” de los libros de texto gratuitos se atrincheró en su oficina, hasta que no tuvo más remedio que irse

Cegado por su ideología, incendiario, con nula experiencia en el sector público y, claro está, fiel seguidor del expresidente López Obrador, Marx Arriaga Navarro cumplió con todos los requisitos necesarios para ocupar un cargo en la 4T, lo que, a su vez, lo hizo un candidato ideal para mantener su puesto en el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Originario de Texcoco, Estado de México, y con doctorado en Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, Arriaga Navarro llegó a la Secretaría de Educación Pública (SEP) en 2021, pero antes de ser conocido (no necesariamente por buenas razones), fue nombrado director general de Bibliotecas Públicas, que depende de la Secretaría de Cultura, en 2018. Fue desde ese cargo que empezó a dar destellos de su cerrazón absoluta, con la que intoxicó el ambiente también en esa dependencia.

Fiel al que parece ser su estilo de mandar, Arriaga Navarro lo incendió todo, se confrontó con todo el que pensaba diferente a él y su gestión se vio marcada, nuevamente, por el escándalo, los malos tratos y su obstinación por imponer su voluntad por encima de los demás.

No por nada Alejandra Quiroz, excoordinadora de Servicios Educativos de la Biblioteca Vasconcelos, y quien fue una de las voces más críticas en contra del entonces director general de Bibliotecas, advirtió lo que vendría después al tener a un tipo que está empeñado en ideas antiguas y que se resiste al cambio y a la modernidad en el gobierno.

En junio de 2019, la revista Letras Libres reportó que Quiroz acusó a Arriaga y su equipo porque “restringen el sentido de las bibliotecas públicas al fomento a la lectura cuando son espacios educativos completos decisivos para la construcción y el cuidado de la democracia”.

Parte de la decisión de Arriaga Navarro de impulsar un paradigma caduco, con el que buscaba dar marcha atrás a la labor que se había realizado hasta ese momento para impulsar la lectura y abrir las bibliotecas a la población en general, fue impulsar los valores de la 4T, con los que, bajo el discurso de la austeridad, acaban con todo.

“Las bibliotecas públicas son los lugares donde verdaderamente cabemos todos. La administración de Arriaga insiste en echarnos fuera”, reclamó Quiroz en un grito que quedó ahogado en su momento, pero que debió ser escuchado para evitar todo lo que vino después.

Su evidente habilidad para destruir llevó a Marx Arriaga a asumir la dirección general de Materiales Educativos en la SEP, donde estuvo a cargo de la elaboración de los nuevos libros de texto gratuitos, parte fundamental de la llamada Nueva Escuela Mexicana, proyecto central del sistema educativo de López Obrador.

Con 90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de capacidad, llegó a la dirección de Bibliotecas, después de haber sido profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) durante más de una década. Según la SEP, en esos tiempos fue el encargado de un rediseño curricular de la Licenciatura en Literatura Hispanomexicana.

La secretaría también presumiría que en la UACJ Marx diseñó recursos didácticos informáticos para la enseñanza de la literatura, incluidos materiales que buscaban incorporar escritores chihuahuenses en los planes educativos de la entidad.

Aunque su mayor logro, o por lo menos el que impulsó más su carrera política, estuvo lejos de las aulas y de las oficinas gubernamentales, fue el de haber sido cercano a la ex no primera dama, Beatriz Gutiérrez Müller, quien es señalada como la responsable de que haber impuesto a Arriaga Navarro en la SEP.

La relación entre ambos se remonta por lo menos hasta 2013, cuando el ya exdirector de la SEP fue lector sinodal del examen profesional de Gutiérrez Müller cuando ella defendió su tesis doctoral en Humanidades en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

No hay registros públicos de que ambos hayan tenido algún contacto antes, mucho menos de que en efecto la ex no primera dama haya impulsado su nombramiento. Sin embargo, esto último no parecería extraño. Después de todo, otras figuras, como Eduardo Villegas Megías, llegó a ser el actual embajador de México en Rusia después de trabajar con la esposa de López Obrador en la Coordinación de Memoria Histórica y Cultural de México.

Total, la experiencia diplomática, o en cualquier ámbito, no suma tanto como una buena relación con el poder guinda.

Durante su gestión, Arriaga Navarro fue la figura más visible en la elaboración, rediseño y difusión de los libros de texto gratuitos de educación básica en México, bajo una visión que él y sus aliados describían como centrada en “el humanismo mexicano”.

Uno de los puntos centrales de esta nueva estrategia fue, y sigue siendo hasta que no se corrijan los materiales, el de impulsar en los menores la lucha de clases, esa de la que habló el otro Marx, el alemán, el que el ahora exdirector de la SEP tenía colgado detrás de su escritorio en su oficina antes de ser desalojado.

En el libro Sin recetas para la maestra y el maestro fase tres dice claramente que “es fundamental reconocerse dentro de este sistema como uno de aquellos dos polos: como un sujeto que forma parte de las élites hegemónicas que oprimen a los sectores marginados o como un oprimido que es miembro de una subalternidad y que posee múltiples prejuicios impuestos por el sector dominante que le impiden su crecimiento”.

En este mismo sentido, dentro de Un libro sin recetas para la maestra y el maestro Fase Cuatro, la SEP acusa a los “empresarios de la educación” de buscar acabar con la desigualdad educativa que se vive en el país a través de la inversión.

“Algunos señalan, en especial los empresarios de la educación, que para resolver aquellas diferencias se requiere una mayor inversión económica del Estado para lograr equilibrar las condiciones de los estudiantes. Sin embargo, es evidente el fracaso de los centenares de programas en los cuales se desarrolló un gasto público extraordinario, sin que aquello implicara un desarrollo educativo o un avance en la democracia educativa”.

El adoctrinamiento se desbordó y llegó a empapar las páginas con propaganda morenista, como fue evidente en Nuestros saberes, libro de sexto grado de primaria, que contiene diversos carteles del gobierno de Claudia Sheinbaum, así como trípticos de recomendaciones para acudir a actos masivos.

Aunque se dice que la mente maestra (por decirlo de alguna manera) detrás de los libros de texto en realidad era el venezolano Sady Arturo Loaiza, quien llegó a México traído directamente desde el régimen chavista, Arriaga Navarro se prestó no sólo para dar la cara, sino hasta, según él, para dar la vida si se les hacía un cambio a los libros.

Con la arrogancia y la polarización que lo han marcado a lo largo de su vida pública, el ya exdirector inició la defensa de sus materiales. “Con este libro de texto podemos decir que hasta los conservadores están leyendo”, se burló.

Sin reconocer la carga ideológica, y en referencia a temas que consideró menores, como tener manos con seis dedos, haberse equivocado en el día del cumpleaños de Benito Juárez o plasmar bien el sistema solar, Arriaga Navarro siguió en la misma línea, y dijo “yo no les diría errores, les diría áreas de oportunidad, como buen maestro que soy”.

Su suerte, más no su falta de modestia, se acabó el pasado 13 de febrero, cuando la SEP informó que Arriaga fue separado de su cargo como director general de Materiales Educativos tras diferencias con la administración encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum y el titular de la SEP, Mario Delgado Carrillo.

Según la presidenta, las diferencias se centraron en cambios propuestos a los libros de texto gratuitos, incluyendo la incorporación de una perspectiva más inclusiva e igualitaria, en particular la visibilización de las mujeres en la historia de México.

Arriaga, dicen, se habría opuesto firmemente a modificar ni siquiera “una sola coma” (¿dónde hemos escuchado eso?) de los contenidos que ayudó a crear, argumentando que ello atentaba contra el legado de la NEM del sexenio anterior.

Esto derivó en un plantón de cuatro días en los que Arriaga Navarro se negó no sólo a dejar el cargo, sino incluso a salir de su oficina. Al igual que lo habría hecho López Obrador en 2006, el “padre” de los libros de texto gratuitos se sintió como el director general legítimo y empezó su huelga-espectáculo.

Delgado, en su papel al frente de la SEP, confesó que se le ofreció una embajada en un país latinoamericano, presuntamente Costa Rica, a cambio de que se despidiera en silencio. La presidenta Sheinbaum respaldó esta oferta, aunque dijo que era a un consulado.

Curtido en la grilla, Arriaga no dejó pasar la oportunidad, y uso esta oferta como defensa ante los señalamientos que surgieron desde frentes amigos de la 4T, que decían que el exdirector pedía dinero a sus subordinados. “Si pedía moches a los trabajadores… entonces debí aceptar la embajada que me regalaba don Mario Delgado ¿no creen?”.

Todo terminó el martes pasado, cuando, después de por fin haber sido notificado de su despido, el ya exdirector tomó el cuadro de Marx que colgaba detrás de su escritorio y abandonó las instalaciones de la SEP, para después tomar el Metro, que lo llevaría al camión que lo dejó en su primer origen, Texcoco.

Fue así que las primeras planas se cubrieron de la foto del destituido funcionario abordando su autobús. Después, en sus redes sociales, compartió el boleto de avión con destino Ciudad Juárez, su segundo origen, donde, aseguró, regresará a dar clases en la universidad, al mismo lugar desde donde salió hace ya siete años.

Mientras tanto, su foto de perfil en su cuenta de Facebook sigue intacta. En ella se ve a un Arriaga Navarro sonriente, portando orgulloso un poncho con el que se ve al conocido Amlito y en el que se alcanza a leer su destino: “Amor con amor se paga”.