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Lo mejor de Culiacán

Culiacán, Sin.- Tiene 12 años. Me cuenta que cuando tenía seis, su papá le dijo que lo llevaría a Disneylandia, allá tiene un tío que los podía pasar con un coyote. La promesa se la hizo el día que lo inscribió en la primaria. Le compró la mejor mochila que había en la plaza comercial, que se convirtió en el objeto más lujoso en la precaria vivienda hecha de láminas.

Un accidente, esa fue la palabra que le repitieron, seis meses después,  para explicarle que su papá había muerto. Era mecánico, trabajaba en el patio de la casa. Se cercenó una mano y se le hundió una costilla en el pulmón.

Su papá estuvo 17 días en terapia en el IMSS aunque no tenía derecho al servicio médico porque laboraba por su cuenta, sin darse de alta. Les pusieron la tarifa más baja luego del estudio socioeconómico. No podían exentarlos del pago porque tenían casa propia. Su mamá vendía comida. La deuda con el gobierno (IMSS) y con una prima que le prestó para el funeral, era del tamaño de ocho meses de trabajo.

Al mes apareció un señor que les rentó el patio para poner un taller mecánico, por una cantidad pequeña porque les alegó que no tenían portón y eso lo exponía a robos. Me cuenta que él empezó a vender tortas en su escuela, que las metía ocultas en la mochila, ya que estaba prohibido porque la venta de comida dentro del plantel estaba concesionada.

En la pandemia, una esforzada profesora consiguió una aplicación para que estudiaran mejor y les pidió que llevaran un celular para instalarla. No tenía. Su mamá sí pero lo ocupaba en la venta. Les ofrecieron unos robados y aún así sólo les alcanzó para uno muy viejo. Lo llevó y las burlas estallaron cuando lo sacó entre los iPhone 21 y GalaxyZ de otros niños. Peor aún, su equipo no sirvió para descargar la aplicación y la carcajada general en su contra fue apoteósica. Lo aplastó la realidad de que la dignidad se mide por el valor del celular.

El señor que les rentaba el patio le propuso un trato: le regalaría una bicicleta con el permiso de su mamá y un celular para descargar la app, lo que no debería saber su mamá, a cambio de que le hiciera algunos mandados. “Eres muy vivo” le dijo, “sólo llevarás paquetes en tu mochila y me darás los recados que te lleguen por WhatsApp y yo te pagaré por eso”. Aceptó.

El señor que les rentaba recibía policías y hasta candidatos en campaña. En estos días de crisis rafaguearon la casa-taller y mataron al señor. Por el shock, su mamá quedó con parálisis por pánico crónico y no puede trabajar.

“Desde los diez años supe que llevaba droga en la mochila. Para engañar a mi mamá el señor hizo el portón y le pagó más “renta”. Nos alivianamos con el gasto, no para tener carro, pero sí televisión. Un amigo del señor me dice que me va ayudar encargándome unos jales más grandes. Me dice, riéndose, que al fin que ya soy parte de lo peor de la sociedad”.