Guanajuato.- La conversación pública tras la detención de Nemesio Oseguera Cervantes tomó rápidamente un giro predecible: el foco se desplazó hacia la presencia de una mujer cercana y su supuesta relevancia en la localización.
No fue una afirmación directa de responsabilidad penal.
Fue algo más sutil: la construcción de una narrativa.
Titulares que hablan de que “fue clave”, que “su relación permitió ubicarlo”, que “una reunión sentimental llevó a la captura”. El énfasis no estuvo en la arquitectura institucional ni en el trabajo técnico acumulado, sino en el ángulo emocional.
En investigaciones de alto nivel, nada ocurre por un solo dato. La inteligencia opera por acumulación: análisis financiero, cruces patrimoniales, intervenciones autorizadas judicialmente, vigilancia territorial, cooperación entre agencias nacionales e internacionales. Son meses —a veces años— de información sistematizada.
En ese contexto, las relaciones personales pueden ser un elemento más dentro del rompecabezas. No es extraño. Ha ocurrido en distintos países y también en México. Lo que sí resulta problemático es convertir ese posible elemento complementario en el centro del relato público.
Y ahí es donde aparecen los riesgos.
En lo operativo, porque cuando se instala la idea de que una relación íntima fue el factor determinante, se envía un mensaje indirecto a las organizaciones criminales: ajusten sus dinámicas internas, extremen controles personales, revisen sus círculos de confianza. Las tácticas que dependen de la discreción pueden verse afectadas cuando se presentan como fórmula mediática. La inteligencia funciona mejor cuando no se detalla en titulares.
En lo humano, el riesgo es aún más delicado. El nombre de la mujer ya ha sido difundido ampliamente. En un contexto de violencia criminal, asociar públicamente a una persona como pieza determinante en la caída de un líder puede convertirse en estigmatización. Y la estigmatización, en estos entornos, puede traducirse en amenaza real y en represalia. Puede convertirse en riesgo de muerte para ella y para su familia.
Una cosa es informar y otra muy distinta es amplificar un encuadre que puede tener consecuencias irreversibles.
Es importante precisar algo: advertir sobre el riesgo de la narrativa no implica afirmar que esa persona no pudiera tener alguna responsabilidad jurídica propia. Si existiera, corresponde a las autoridades acreditarla en tribunales con pruebas y debido proceso. Ese es otro plano. Lo que hoy circula en la conversación pública pertenece al terreno simbólico, no necesariamente al jurídico.
En lo institucional, además, se diluye la dimensión real del trabajo realizado. Organismos especializados en el combate al crimen organizado —como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito— han documentado que las redes criminales transnacionales sólo se enfrentan mediante estrategias integrales, coordinadas y sostenidas en el tiempo. No por episodios aislados ni por historias sentimentales. Cuando el relato público privilegia el ángulo emocional, se pierde de vista que detrás hay método, estructura y capacidad técnica del Estado.
También conviene analizar el componente cultural de esta conversación.
Cuando cae un hombre poderoso, con frecuencia el relato busca una mujer como explicación simbólica: la traición emocional, el romance que lo expuso, la debilidad sentimental. La figura femenina se convierte en eje narrativo. En cambio, cuando la pieza relevante es un operador financiero o un colaborador masculino, el lenguaje cambia: hablamos de estrategia, de inteligencia, de operación técnica.
Ese contraste no es casual.
No se trata de negar que las relaciones personales puedan aportar información dentro de una investigación. Eso ocurre en México y en el mundo. Pero una cosa es que formen parte del conjunto de datos, otra muy distinta es convertirlas en la explicación central de un resultado que, por definición, es producto de un trabajo institucional amplio.
La seguridad no es melodrama. Es método. Es acumulación. Es inteligencia.
Y cuando la conversación pública desplaza esa realidad para privilegiar el ángulo más atractivo, no sólo simplifica en exceso, puede contribuir, incluso sin intención, a poner vidas en riesgo.
En México, ese nunca es un detalle menor.
