¡Por supuesto que lo merecemos, señor! Le respondí a un tuitero que me hizo esa pregunta molesta porque me quejé de la realidad del país a menos de 100 días del pitazo inicial.
Merecemos la alegría del Mundial, sí. También la derrama económica que trae y el entusiasmo en las calles. Nadie quiere arruinarle la ilusión a los fans que esperaron cuatro años para emocianarse con las jugadas, las eliminatorias y ese instante en que alguien levanta la copa en el partido final.
Pero decir lo que pasa no es olvidar que México respira futbol. Hemos sido sede en dos ocasiones y estamos a punto de ser el único país con tres. Eso habla de nuestra tradición, del cariño de la afición y de una anfitrionía que llevamos en la sangre.
Alguien dirá que México siempre tuvo problemas y aún así organizó Mundiales épicos. Tiene razón. En el 70, el país estrenaba sede en medio del "Desarrollo Estabilizador", pero en un ambiente de desigualdad, autoritarismo y represión. Pelé levantó la copa con sombrero de charro y, por primera vez, el mundo vio los vibrantes colores de nuestro país, fue el primer Mundial a color.
Luego vino el 86. Lo vivimos en medio de una crisis económica a causa de los precios del petróleo y la inflación, aún así, vencimos el desánimo. Pique nos puso una sonrisa y Maradona nos hizo creer; por un momento nos olvidamos del profundo dolor que dejó el sismo del 85.
Eran otros tiempos. La fiesta del futbol no le peleaba el reflector a derechos básicos como vivir en un lugar seguro, tener acceso a servicios de salud o incluso, el derecho a transitar por nuestro país.
El Mundial de 2026 nos encuentra paralizados por narcobloqueos, un territorio agujereado por fosas y familiares con palas buscando por todo el país. El Rancho Izaguirre nos borra la sonrisa. Los testimonios de las mujeres que marcharon el 8M nos dejan sin palabras y sin ánimo.
Seguro los partidos entre naciones llegarán hasta el último rincón del país. Quizá lleven un rato de paz a quienes viven bajo amenaza, pagan derecho de piso y resisten entre la extorsión y la violencia. Porque México es resiliente, por eso hay quien todavía conserva el ánimo.
Tal vez esta sea la oportunidad para que el mundo entero registre lo que ocurre en nuestro territorio. Quizá algún periodista extranjero cuente que vivimos en un país donde los cárteles recaudan más que el Estado, o que hay políticos que justifican a los grupos criminales porque, según dicen, "generan empleo". Ojalá la prensa internacional lo documente. Porque es cierto.
Sabemos que Sheinbaum necesita una percepción de paz, como sea y al precio que sea. Cancelar el Mundial sería un golpe mortal. Es por eso que anuncia que bajan los homicidios, pero no explica que suben otras causas de muerte y se abulta el número de desaparecidos.
El problema no es el futbol, es la realidad violenta y necia que termina por imponerse. Tan aterradora, que tal vez el Mundial nos ayude a abstraernos de ella, aunque sea un instante. Un momento para disfrutar sin culpa, sin pensar en todos los que viven el horror del México real.
Benedetti dijo: "Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza".
Nos vemos en el Mundial —si es que hay—. Felices por instantes, compartiendo las jugadas, los goles, el ánimo de los aficionados, pero con la gran tristeza que llega cuando hay que enfrentar al México que nos está tocando vivir.
