La cabeza del PT dirige con la mística de todo lo que admira, dictaduras, autocracias, pero que no se aleja del poder desde 2018
La cabeza del PT dirige con la mística de todo lo que admira, dictaduras, autocracias, pero que no se aleja del poder desde 2018

Alberto Anaya Gutiérrez vive en las sombras. Con una aparente alergia a los grandes reflectores, evita dar discursos en eventos masivos y, sobre todo, mantiene una carrera política a espaldas del Partido de la Revolución Democrática (PRD) primero, después de Morena y, antes que nada, detrás de la figura del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
A lo largo de su vida política, el presidente del Partido del Trabajo (PT) ha mantenido otra constante: evitar, a toda costa, buscar un cargo de elección popular. Ha sido diputado en cinco ocasiones y senador en tres, gracias, claro está, a la vía plurinominal que se instauró para darle diversidad ideológica al Congreso y que algunos han aprovechado —es innegable— para su beneficio personal.
Esa aversión a la competencia ha llevado a que Anaya Gutiérrez también tenga el control absoluto del PT, partido del que es dueño de facto desde hace más de tres décadas.
En 1990 aprovechó la apertura democrática impulsada en los últimos años del siglo XX, la cual permitió el surgimiento de nuevas oposiciones frente al hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI).
En todo ese tiempo, el PRI ha tenido 24 presidentes entre dirigentes e interinos; el Partido Acción Nacional (PAN), 14; y el PRD, 18. Morena, constituido formalmente en 2012, ha tenido seis dirigentes; y hasta Movimiento Ciudadano (MC) ha registrado cuatro cambios en su dirigencia desde que dejó atrás el nombre de Convergencia en 2011. El PT, en contraste, ha permanecido inmóvil, manteniendo a Anaya Gutiérrez en la cúpula desde su origen.
Esa disciplina casi soviética con la que el líder petista ha contenido cualquier intento de competencia interna se refleja también en las relaciones que ha cultivado durante su trayectoria, algunas de las cuales —por cierto— le gustaría extender a todo el país.
Basta recordar que, en octubre del año pasado, durante la instalación del grupo de amistad México–República Popular Democrática de Corea, Anaya salió del bajo perfil que suele mantener. Para ese tipo de actos —y para defender sus intereses— el líder vitalicio del partido rojo y amarillo sí aparece.
Al intentar destacar las supuestas bondades del régimen norcoreano, el dirigente sostuvo que el país atraviesa una nueva etapa de prosperidad, “producto de una serie de políticas de modernización en áreas estratégicas como la agricultura, la economía y la ciencia y tecnología” implementadas hace una década.
Según el líder nacional, se trata de una nación que ha buscado la paz, el progreso y la eliminación de desigualdades. “Es el país más igualitario del mundo; tienen derecho a la educación, a la alimentación; lograron la autosuficiencia alimentaria, lo cual era muy importante; hoy se encuentran en un desarrollo digital impresionante”.
Sin embargo, como ocurre con gobiernos autoritarios acostumbrados a controlar el discurso y ocultar la realidad, resulta imposible contrastar estas afirmaciones con datos verificables. Un estudio surcoreano de 2024, retomado por Human Rights Watch (HRW), estimó que el ingreso nacional bruto per cápita en 2023 fue de alrededor de mil 200 dólares, lo que sitúa al país entre los más pobres del mundo.
“Corea del Norte presenta profundas y crecientes desigualdades sociales y económicas, agravadas por la priorización del desarrollo militar por encima del bienestar público. Por ello, las mediciones de pobreza basadas en ingresos pueden no reflejar con precisión las condiciones de vida de la mayoría de la población”, señaló la organización.
A ello se suman las violaciones a derechos humanos y la represión bajo el liderazgo de Kim Jong Un, donde la obediencia se sostiene en el miedo a castigos arbitrarios, tortura y ejecuciones. Ese es el modelo que Anaya Gutiérrez considera progreso.
El régimen norcoreano no es el único que admira. Tras un encuentro en octubre de 2025, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, agradeció “la permanente solidaridad” del dirigente petista y destacó los vínculos históricos entre ambos movimientos.
Aunque nació en Aguascalientes el 15 de octubre de 1946, Anaya construyó su base política en Monterrey, Nuevo León, a través del Frente Popular Tierra y Libertad, organización que derivó en los Centros de Desarrollo Infantil (Cendis), estructuras clave para el financiamiento del partido y el control territorial de sus bases.
A través de estos centros, el líder del PT ha recibido recursos públicos por cientos de millones de pesos anuales, manejados con una opacidad ampliamente cuestionada. Ante las críticas, recurre al argumento habitual: “esto es una persecución política”.
Más allá de los escándalos, Anaya Gutiérrez ha sabido mantenerse cercano a las fuerzas políticas que le garantizan acceso al poder, sin mayor esfuerzo que sumar sus siglas a alianzas con el PRD en el pasado, con Morena desde 2012 y con el Partido Verde en 2024.
Bajo estas coaliciones compitieron figuras como López Obrador en 2006, 2012 y 2018; Cuauhtémoc Cárdenas en 2000; Manuel Bartlett como senador; Gerardo Fernández Noroña; y el exgobernador Jaime Bonilla Valdéz.
Fue en el año 2000 cuando Anaya consolidó su cercanía con la izquierda política. Primero con Cárdenas, y posteriormente bajo la figura de López Obrador, a quien acompañó hasta el final de su mandato en 2024.
Ese momento marcó un cambio relevante: mientras el PT se mantuvo disciplinado durante el sexenio anterior, votando en bloque con el Ejecutivo, en la nueva administración ha mostrado ciertos desacuerdos, aunque motivados principalmente por intereses propios.
Aquí se abre el capítulo más reciente de su trayectoria. Anaya Gutiérrez dejó pasar la oportunidad de convertirse en lo que el escritor Javier Cercas denomina un “héroe de la traición”: aquel que rompe con su pasado en un momento clave para impulsar el cambio.
No fue el caso. En la discusión del llamado Plan B, impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum, el PT sólo se opuso a uno de los puntos: la posibilidad de adelantar la revocación de mandato para que la mandataria apareciera en la boleta de 2027. El resto de la iniciativa fue respaldado sin reservas.
Esta fue su primera prueba en solitario. En el Plan A, donde se proponía eliminar a los legisladores plurinominales, el PT se alió con el Partido Verde para defender una figura que le ha sido altamente beneficiosa.
En la segunda batalla, el partido quedó aislado, aunque logró retirar el punto más controvertido de la reforma. Se argumenta que el temor era que Morena concentrara aún más poder y desplazara al PT. Lo cierto es que no hubo una postura firme contra lo que algunos consideran una deriva autoritaria.
Con su objetivo cumplido, Anaya Gutiérrez regresará a las sombras que prefiere, donde se mueve con mayor comodidad. Desde ahí, continuará impulsando iniciativas menores y manteniendo el control de un partido que le ha redituado beneficios durante décadas.
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