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Apuntes desde Chile

Vivir in situ, hace unos días, la segunda vuelta de la elección presidencial en Chile me provocó interés, sorpresa y envidia.

Interés: Por vivir una elección presidencial en América del Sur, en medio de un alineamiento ideológico regional. La elección, per sé atractiva, cobraba mayor interés a la luz del aparente alineamiento de los gobiernos de la región hacia la derecha. En ese contexto, me resultó interesante verificar el cumplimiento de las predicciones que anticipaban una victoria de José Antonio Kast, y confirmar el desvanecimiento del centro político en el país.

Sorpresa: El discurso de la candidata oficialista Jeannette Jara, quien, minutos después de conocerse los resultados, asumió su responsabilidad y ofreció su apoyo al ganador: “Presidente electo José Antonio Kast, en todo lo que sea bueno para Chile encontrará mi apoyo”, afirmó, para luego pedir a sus seguidores felicitar al vencedor “como corresponde”.

Envidia: Nada que ver con lo que yo he visto en México. No recuerdo ningún caso en el que un candidato de izquierda haya antepuesto a sus intereses personales y de grupo la “responsabilidad democrática” a la que aludió Jara en su mensaje.

La primera elección que viví con razonable conciencia fue la de 1988. Sin contar esta, por el cuestionamiento histórico del que ha sido objeto, me tocó ver perder a la izquierda en 1994, 2000, 2006 y 2012; dos de ellas quedando en segundo y otras dos en tercer lugar. Casi dos décadas de derrotas, sin que una sola de ellas fuera admitida, ni por Cuauhtémoc Cárdenas, ni por Andrés Manuel López Obrador.

No sé si la lealtad democrática de la izquierda chilena provenga de su traumática experiencia con Salvador Allende y Augusto Pinochet, pero lo que sí sé es que es un activo republicano que contribuye al buen funcionamiento del país. Me pregunto si, en contrapartida, hay algún tipo de relación entre la cada vez menos afortunada marcha del nuestro y la falta de lealtad democrática de nuestra izquierda.

¿Habría hecho una diferencia en nuestro devenir un acto de grandeza como declarar públicamente: “Presidente electo Felipe Calderón, en todo lo que sea bueno para México encontrará mi apoyo”? Nunca lo sabremos. Lo que sí es un hecho es que no se le pueden pedir peras a quien hizo del berrinche su argumento y de la victimización su método de ascenso; alguien con tan poca lealtad democrática que, cuando logró llegar a la cima, decidió no fortalecer, sino destruir la escalera que se lo permitió.

Me quedo con las palabras de Jeannette Jara: “La derrota siempre es breve... En la derrota es donde más se aprende y donde más firme debe ser la convicción democrática”.

Si la izquierda chilena pudo levantarse de su tragedia para retomar la democracia y conducir a su país por la senda del progreso, no hay razón para que los mexicanos comprometidos no podamos recuperar nuestras instituciones, nuestra incipiente democracia y ayudar a construir un país de cuyo presente también podamos sentirnos orgullosos.