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Apuntes desde Chile (2ª parte)

Morelia, Mich.- Pasar unas semanas en Chile, en diciembre, me dejó una inquietud sobre nosotros, los mexicanos, y las fuentes de nuestro orgullo nacional. Como narré en un texto anterior, me tocó presenciar la segunda vuelta electoral y encontré un denominador común: un orgullo de los chilenos por su democracia que, salvo la ruptura de 1973, suma casi dos siglos de transiciones pacíficas.

Días después conocí el Palacio de La Moneda por dentro. Con el referente de nuestro Palacio Nacional concluí que, pese a ser un recinto interesante, es también modesto.

Al salir tomé el metro de Santiago —tras casi dos décadas sin usarlo— y me reencontré con un sistema cómodo, ordenado y moderno que sigue pareciendo nuevo.

Durante el trayecto me asaltó una duda: ¿Qué dice el hecho de que yo sintiera orgullo por la superioridad arquitectónica de nuestro pasado, mientras mis anfitriones no ocultaban el suyo por mi asombro ante lo que veía de su presente? El orden, el transporte, el sistema educativo y la vitalidad de su economía, o incluso la modernidad del Mercado Urbano Tobalaba (MUT), al que ingresamos precisamente desde una estación del metro.

¿Será que, mientras a los mexicanos nos enorgullece nuestra cultura —gastronomía, música, historia, arte—, en su mayoría legados de las generaciones que nos precedieron, otros países como Chile, Corea o Singapur tienen más motivos para presumir lo que están logrando hoy?

Preparando este texto encontré una distinción útil: orgullo de herencia y orgullo de logro. El primero es gratuito y deriva de la naturaleza o el pasado; el segundo se trabaja: instituciones que sirven, trámites que operan, escuelas que enseñan y hospitales que curan.

La pregunta, entonces, es: en el México actual, ¿es mayor nuestro orgullo de herencia que el de logro? Francamente, no lo sé. Me encantaría conocer tu respuesta: ¿Qué te enorgullece cuando muestras o hablas de nuestro país? ¿Incluye alguna obra colectiva de nuestro tiempo?

Las respuestas serán subjetivas; incluso habrá quien se sienta orgulloso de vivir en el país más democrático del mundo, donde hasta los jueces son elegidos por el pueblo; un "logro", sin duda, de nuestro tiempo.

Habrá también quien considere logros nacionales las historias y los destellos que ocasionalmente nos inflaman el pecho —el astronauta, los cineastas, los atletas olímpicos, los científicos—, pero aceptemos que suelen ser producto de esfuerzos individuales y de excepción: logros heroicos conseguidos, no gracias, sino a pesar del país.

Desde mi perspectiva, pareciera que nos hemos resignado a que nuestro lado más brillante esté en el pasado. Y que, en el departamento de logros actuales, le estamos quedando a deber a nuestros ancestros, a las próximas generaciones y a nosotros mismos. Le estamos quedando a deber a México.

La siguiente colaboración profundizará en esta reflexión y propondrá ideas para tratar de saldar esa deuda y cultivar nuestro orgullo de logro.