Andrea S. Chávez
¿En qué pensamos cuando escuchamos vivienda social? Es posible que en edificios idénticos, bloques de concreto, ventanas repetidas y espacios mínimos. Hace unos días fui a las afueras de París a ver las torres Aillaud o Torres Nuages, y me encontré con algo que no esperaba: vivienda social que parece haber sido diseñada precisamente para escapar de ese imaginario.
El proyecto se realizó a principios de los ochenta y el arquitecto encargado fue Émile Aillaud, arquitecto nacido en México que emigró a Francia a los ocho años y dedicó buena parte de su carrera al diseño de vivienda social. En Nanterre, el complejo se compone de 18 torres de planta circular y ovalada, de alturas distintas: las más altas de 38 pisos y las más bajas de doce. A pocos metros, lo primero que me impactó fue su verticalidad, quizá por mi propio imaginario mexicano, acostumbrado a pensar la expansión urbana en términos horizontales, no esperaba encontrar semejante concentración de vivienda.

Pero las torres no sólo son altas. Desafían la idea misma de cómo debe verse un edificio de vivienda colectiva. No son bloques rectangulares: son cilindros y óvalos. Sus fachadas están revestidas con mosaicos de pâte de verre en tonos azules, verdes, lilas y grises.

Las ventanas tampoco responden a la repetición industrial de la ventana cuadrada: hay formas circulares, de gota y cuadrados con esquinas redondeadas. Cada torre combina los tres tipos de ventanas, produciendo una fachada que parece más cercana a una composición artística que a un edificio residencial.
Las torres se distribuyen en quince hectáreas de parque, atravesadas por caminos sinuosos y pequeñas plazas. Los espacios comunes incorporan juegos infantiles con formas de serpientes y estructuras que recuerdan a bloques de Lego. Nada parece responder a la lógica de maximizar metros cuadrados o repetir soluciones constructivas hasta el infinito.
El complejo inmobiliario de Aillaud refleja una intención clara: la vivienda social como una arquitectura que provea espacios coloridos, lúdicos, con vegetación, esparcimiento y, sobre todo, la posibilidad de habitar un lugar que no sea regido bajo la monotonía de formas, tamaños y colores.
Durante décadas, buena parte de la vivienda social europea estuvo asociada a la producción masiva de bloques habitacionales: una respuesta necesaria a la demanda de vivienda, pero también una arquitectura que podía reducir a sus habitantes a una categoría homogénea. Frente a eso, las Torres Nuages parecen defender una idea radicalmente sencilla: quienes reciben vivienda social no dejan de ser individuos.
Al finalizar mi visita me fui caminando de regreso a la estación La Défense. Conforme avanzaba, algo me resultó familiar. Las torres estaban rodeadas por edificios corporativos cubiertos de vidrio, torres de oficinas que parecían pertenecer a otro mundo. Pensé inmediatamente en Santa Fe: el paisaje mexicano de corporativos brillantes, centros comerciales y arquitectura diseñada para representar el poder económico.
El contraste resulta brutal. De un lado, la ciudad corporativa que utiliza el vidrio para representar prosperidad; del otro, unas torres de vivienda social que utilizan color, juego y formas orgánicas para representar algo mucho menos cuantificable: que sus habitantes merecen belleza. Eso mismo lo vuelve la banlieue de Aillaud en un oasis dentro del monstruo de cristal corporativo.
Las Torres Nuages nos recuerdan que la vivienda social no tiene por qué limitarse a resolver una necesidad básica. También puede aspirar a producir placer, identidad y pertenencia. Quizá el problema no sea que la vivienda social deba ser bella, sino que durante demasiado tiempo se ha asumido que puede prescindir de aquello que hace que un lugar se sienta propio.
*Andrea S. Chávez. Historiadora del arte y antropóloga urbana. Su trabajo explora las relaciones entre arquitectura, ciudad, patrimonio y memoria desde una perspectiva crítica. Escribe sobre cultura visual, espacio público y las formas en que habitamos el territorio.
@Andrea_Vez
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