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ARTES VISUALES: ¿Chocolate o café? Dilemas y delicias del pasado y el presente

Sofía Hernández Amezcua

Hace poco alguien me cuestionó si, en un escenario hipotético en el que las posibilidades son excluyentes, preferiría beber café o chocolate por el resto de mi vida. Entonces caí en cuenta de que, aunque la primera se ha convertido en mi bebida de supervivencia diaria, como lo es para muchas otras personas en la actualidad, la posibilidad de perder para siempre el deleite del cacao me parecía una condena. Además, y quizá más importante aún, aquella respuesta me hacía sentir como una traidora a las prácticas de mis siglos favoritos de estudio —XVII y XVIII—, en los que sabía que el consumo de chocolate había sido común. En cambio, no había entre mis archivos mentales ningún dato registrado sobre la ingesta de café en Nueva España.

José Joaquín Magón, De español y negra, mulata, mediados del siglo XVIII, Museo de Historia Mexicana, Monterrey.

Soy consciente de que mis gustos no son sino resultado del tiempo y contexto en que vivo. Quizá por eso mismo, yo estaba ansiosa por encontrarle una explicación histórica a mi deseo. ¿En qué momento aquella bebida amarga y de color oscuro se había convertido en el motor de quienes habitamos la adultez mexicana? ¿Qué habría yo contestado a la difícil pregunta inicial si viviera hace 300 años? La solución de estas incógnitas me parecía vital.

No basta más que una búsqueda rápida en Internet para revelar que la cantidad de información —tanto académica como de difusión— acerca de diferentes aspectos relacionados con el cacao en el México virreinal es avasalladoramente superior a la que hay sobre el café. En parte, esto se debe a la larga tradición de uso y consumo del chocolate en Mesoamérica,(1) misma que pervivió —aunque con algunos cambios— en la sociedad novohispana. Al chocolate parecen haberle tomado gusto relativamente pronto tanto los españoles como las siguientes generaciones de diferentes etnias que habitaron el virreinato. Eso sí, no sin antes añadirle un agradable toque de dulzor, del que carecían las preparaciones indígenas. (No olvidemos que la caña de azúcar —junto a otros vicios— llegó tras el proceso de colonización).

Antonio  Pérez  de  Aguilar, Alacena, hacia 1769, Museo Nacional de Arte, Ciudad de México.

La popularización de esta nueva receta entre la sociedad novohispana durante el 1600 y 1700 ha dejado diversos registros documentales, visuales y materiales. Gracias a ellos sabemos que el cacao suscitó debates sobre sus beneficios, perjuicios y placeres, así como la creación de múltiples objetos vinculados con su preparación y disfrute. En pinturas de la época se puede ver a mujeres espumando el líquido en un jarro de cobre llamado ‘chocolatera’. La misma pareja de instrumentos (molinillo y jarro) aparece en una obra emblemática del pintor Antonio Pérez de Aguilar, junto a un cuenco y una ‘jícara de coco’ o coco chocolatero, ambos recipientes para servir y beber el cacao. Dado que el segundo se montaba sobre una base de plata y se decoraba con elementos del mismo material —algunos ejemplares incluso conservan su tapa hecha del metal precioso— ésa era la versión más fancy.

Jícara o coco chocolatero, siglo XVIII, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

Algunas personas opinaban que el chocolate podría ser benéfico para tratar ciertas enfermedades; otras, todo lo contrario, que no hacía sino engordar y provocar males. Pero las disputas más acaloradas en torno a la bebida no estaban relacionadas con sus efectos para el bienestar corporal, sino el espiritual. Las controversias más difíciles de resolver germinaron entre las congregaciones religiosas, quienes buscaban imitar la austeridad y penitencia de Cristo al privarse de los deleites terrenales. Las delicias del cacao ponían en cuestionamiento el cumplimiento de aquellas renuncias, por lo que algunas comunidades, como las carmelitas descalzas, simplemente optaron por rechazar y prohibir su consumo. Otras monjas, entre las que en definitiva habría estado yo, lo siguieron tomando, aunque no sin ser tildadas de “regalonas y chocolateras”;(2) es decir, algo así como relajadas, débiles y adictas a los placeres mundanos.

¿Pero qué hay del café? Recientemente, se ha comprobado su presencia en Nueva España desde la década de 1620, aunque todavía como un producto de importación escaso. No fue sino hasta finales del siglo XVIII y principios de la siguiente centuria que aumentó de manera considerable su consumo. También por estas fechas se tiene registro de la apertura de las primeras cafeterías, en las que coincidían personas de diferentes estratos sociales. Esto último, por supuesto, provocó la alarma de algunas autoridades. Aquellos encuentros en que quedaba en evidencia la diversidad y desigualdad de la sociedad podían suscitar conspiraciones o debates que terminaran en alteraciones del orden público. Quizá deberíamos considerar la recuperación del uso de las cafeterías como espacios de sociabilidad, diálogo y complot.

Además, como el chocolate, el café tampoco estuvo libre de advertencias sobre sus posibles daños. Aparentemente, la taquicardia después de la segunda taza de café que hemos normalizado ya preocupaba a algunas personas hace 200 años. Hacia 1790, se mencionaba en una nota del periódico de la época, la Gazeta de México, que perjudicaba los “males de nervios”. A pesar de estas y otras menciones que demuestran que la ingesta de café iba en aumento hacia el final del virreinato novohispano, el chocolate seguía siendo la opción preferida.

Para las personas mexicanas de hace un par de siglos, la pregunta inicial de este texto no debía causar tantas dudas. Por lo tanto, la preferencia por el café que mostramos actualmente es en realidad más reciente de lo que imaginamos, al parecer de mediados del siglo pasado. Pero dado que esto abarca terrenos cronológicos que ya no me corresponden, yo sólo puedo agradecer por la libertad de decisión, la existencia de múltiples posibilidades y la creación del moka.

(1) Éste se había cultivado y consumido al mezclarlo con otros ingredientes como el maíz desde el Preclásico medio (1200 y 400 a. C.). En sociedades indígenas prehispánicas como los mayas y, posteriormente, los mexicas era bebido principalmente por las élites.

(2)  Con estos adjetivos describía el fraile Tomás de San Vicente a aquellas mujeres de la clase alta novohispana que, aun siendo religiosas, no eran capaces de renunciar a ciertas comodidades al ingresar a los claustros. De este modo, el autor del comentario condenaba a las mujeres relajadas que contrastaban con las órdenes más estrictas, como la de carmelitas, a la que por cierto él pertenecía. El testimonio es recogido por sor Mariana de la Encarnación en su Relación de la fundación del convento antiguo de Santa Teresa, escrita hacia 1641.

*Sofía Hernández Amezcua. Licenciada, maestra y doctoranda en Historia del Arte. Dedicada a la escritura, la docencia y la investigación. Especializada en la historia y la producción artística de los siglos XVII y XVIII en México.

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