María Fernanda Marín
Hace unos días, escuché una entrevista muy reciente a Cuauhtémoc Medina en el podcast Pieza Única, movida por mi interés en los perfiles. Mientras hablaba con Kristina Velfu sobre su biografía y trayectoria, el curador se negó a dar una definición de su ocupación por abarcar funciones muy distintas: conseguir recursos, acompañar a artistas, convencer a gente poderosa, escribir, entre otras. Además, dijo algo que me pareció provocador a la luz de algunos acontecimientos recientes: “ser curador en jefe implica estar convencido de un momento cultural”. A finales de julio, se anunciaron cambios en el equipo curatorial del MUAC. La nueva estructura colegiada ahora está encabezada por la directora del museo, Tatiana Cuevas, la subdirectora curatorial, Alejandra Labastida y el subdirector de programas públicos, Julio García Murillo. Las declaraciones de Medina me hicieron entender por qué estaba tan insatisfecha con las lecturas que encontré de estos ajustes.
En la revista Cubo Blanco, Edgar Alejandro Hernández y Brenda J. Caro ofrecieron sus conclusiones sobre los cambios en la plantilla del que se considera el museo de arte contemporáneo más importante del país. Mientras que el primero cuestionó el nuevo sistema transversal de toma de decisiones y puso énfasis en la salida silenciosa de la curadora en jefe, Lucía Sanromán, la autora se centró en la estructura jerárquica de la UNAM, que, desde su punto de vista, no se podía sino reforzar. Noté que estas notas tenían mucho en común con el comentario político, sus predicciones y posturas generales sobre un asunto de interés extendido a todo el gremio cultural. Algo había también de cotilleo (incluso declarado), aunque no sean textos huecos ni carentes de análisis. Y sin embargo, tuve una sensación de incomodidad parecida a la que me produjo ver la serie española Bellas Artes el año pasado.
Antonio Dumas es el protagonista de una historia que duró dos temporadas. Es el más improbable de tres candidatos a obtener la dirección del Museo Iberoamericano de Arte Moderno: un hombre blanco, heterosexual, de ascendencia europea, con 50 años de trayectoria. Tras su nombramiento, le ocurren las desavenencias que atraviesa cualquiera que haya trabajado en un museo, desde desencuentros con los sindicatos y decisiones arbitrarias de un todopoderoso Ministerio de Cultura, hasta atentados contra las piezas y artistas farsantes. Es difícil empatizar con un personaje principal tan mordaz y cínico como cualquier curador con estatus. Y la trama es más bien melodramática, sigue la paulatina apertura emocional de un cascarrabias, con todo y romance incluido. Impresiona que ningún capítulo altere un relato tan predecible con una pieza de arte contemporáneo. Después de todo, se trata de un show complaciente en el que las expresiones artísticas no son medulares.
Los capítulos me causaron un malestar intenso, un poco por su parecido con situaciones reales, pero, sobre todo, por su uso eficaz de conceptos manidos y pseudointelectuales, que leemos a menudo en los textos de sala de cualquier galería. Me aterró pensar que los museos, un tipo de centro de conocimiento de nuestra época, hayan alcanzado este nivel de anquilosamiento. Quienes nos dedicamos a las exposiciones, en los ámbitos públicos y privados, cumplimos con roles prescritos, papeleo cotidiano y toneladas de gestiones. Este fenómeno resulta previsible si tomamos en cuenta que espacios como el MoMA, que históricamente han exhibido arte de su tiempo, en formatos muy distintos a los que estaban acostumbrados sus antecesores, están por cumplir su centenario.
En este contexto, no sorprende que haya una alineación de las instituciones con políticas de Estado o una tendencia a concentrar las decisiones en los directivos. Bienales, ferias y mercados replican esta pauta en distintas medidas. Las actividades de los museos —y, más acotadamente, la curaduría, el núcleo creativo— están paralizadas por un exceso de funciones ajenas al estudio, la escritura y el discurso público. Por supuesto, los otros asuntos se tienen que resolver y hace falta que los curadores se involucren de forma integral en los procesos de exposición, sobre todo en condiciones adversas. Pero convendría atender la falta de blindaje y de tiempo para quienes llevan a cabo un trabajo intelectual. Esto desde la práctica individual, aunque lo ideal sería acotar los campos de acción de manera generalizada.
A todos nos preocupa el borramiento de la figura autoral del curador y, más en específico, del curador en jefe. Pero la razón viene falsamente de afuera. Parece que el mundo del arte, como el de la política, está obsesionado por la atención y el poder, más que por los resultados de su labor y la autocrítica. Lamento, por ejemplo, que no tengamos más que notas periodísticas y comunicados institucionales en torno a los contenidos propuestos junto con el anuncio del nuevo equipo curatorial del MUAC. Lo menos importante parecen ser las formas de exhibición y todo el trabajo detrás, cuando está en juego la supuesta disminución de agencia de las figuras curatoriales sólo en el organigrama. Hasta no revisar la programación del museo y recorrer las exposiciones, sobre todo las que no estén tan ligadas con administraciones anteriores, en mi opinión, será difícil hacer una crítica redonda del modelo recién implementado.
A mi parecer, estamos muy concentrados en presentar exhibiciones y no en articularlas de manera más amplia. Por eso no nos deslumbran nuevos autores-curadores. Tal vez no haya convencidos ni detractores de un momento cultural porque se está perdiendo la coherencia de un programa expositivo en favor de la hiperproducción. En México, abundan los curadores articulados y consistentes, pero valdría la pena investigar qué sacrifican y qué anteponen para lograrlo. También averiguar si hay coincidencias sobre los lugares que están ocupando. Me pregunto si, en una etapa en que “tú levantas una piedra y hay un curador”, como lo describe Medina, nos tomamos un momento de reflexión para articular una trayectoria y para leer el presente en relación con las prácticas artísticas. Un mal de nuestro tiempo nos aqueja: la atención dispersa. Por ello, la curaduría carece de responsabilidad sociopolítica, así como del ordenamiento teórico-estético que requiere esta disciplina.
Es probable que atribuyamos el decaimiento del curador a factores externos. No sería la primera vez que la razón de todo mal está en la estructura vertical, la política cultural y el orden social. Ciertamente estos factores determinan la forma de actuar de las personas, pero no del todo, todavía menos si tomamos en cuenta que en el gremio existen muchos agentes con influencia. Lo que falta es un respaldo más allá de la presencia en múltiples salas, a cada momento, y también cierta audacia para tomar postura del momento cultural. ¿Quién se hará cargo de dejar de producir para intentar entender en dónde estamos parados? ¿Nos vamos a comprometer con un momento cultural? Estamos atrapados en la superficialidad del melodrama y las intrigas. También rebasados por la cantidad de ocupaciones, muchas veces de tipo administrativo y de relaciones públicas, ya perdimos de vista lo importante y nuestra responsabilidad en ello. Quizá sea tiempo de definir si es el curador quien hará el trabajo intelectual, discursivo, creativo, quien sostendrá las exposiciones y el debate intelectual dentro y fuera de las instituciones culturales. O si será alguien más.
*María Fernanda Marín. Curadora, escritora y editora de arte. Colabora en medios como la Revista de la Universidad de México y Nexos, además de coordinar exposiciones para instituciones y galerías.
@marifermargar
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