...

Información para decidir con libertad

ARTES VISUALES: Museo Dolores Olmedo: de vuelta al público

Diana Álvarez Mejía

Tras seis años de permanecer cerrado, el Museo Dolores Olmedo reabrió sus puertas al público el pasado sábado 30 de mayo. El recinto alberga una vasta colección de 139 obras de Diego Rivera, 25 piezas de Frida Kahlo —lo que lo convierte en una de las mayores colecciones de ambos artistas—, 43 de Angelina Beloff, así como algunas obras de Pablo O’Higgins, arte popular mexicano y arte prehispánico. 

El recorrido es una experiencia excepcional: el espectador atraviesa un conjunto de edificios que comprenden la Antigua Hacienda de La Noria —inmueble del siglo XVI que sirvió para que frailes realizarán sus labores de evangelización— rodeado de jardines donde habitan pavorreales que acompañan el paso del público. Uno puede caminarlo de muchas maneras, descansar entre jardines que resguardan piezas prehispánicas y, a la par, observar el inmueble que te remite a un momento fuera del caos que puede ser la Ciudad de México. El espacio en sí mismo es un paréntesis dentro de la urbe citadina.

Las salas, que son los diferentes cuartos de la casa, están organizadas temáticamente. La visita inicia con una acercamiento al personaje que fue Dolores Olmedo: su hogar. La casa que habitó por años y donde se expone su cuarto, su sala, sus retratos y las artes decorativas de diferentes países que adornaron su casa. Asimismo, se puede apreciar la relación epistolar que sostuvo con Diego Rivera mientras éste habitó su casa en Acapulco, y en la cual se expone cómo el pintor impulsó a la futura coleccionista a que recuperara obras entre particulares para conformar uno de los mayores acervos de arte mexicano.

Este primer acercamiento a Olmedo deja entrever que no sólo fue una coleccionista excepcional, sino también una mujer empresaria —exitosa en las bienes raíces, que se abrió paso en un mundo dominado por hombres— y cuyo conocimiento y talento para los negocios le dio las bases para lograr combinar éste con el arte, ser una mecenas extraordinaria y, eventualmente, convertirse en un agente sustancial para la conservación de la obra de Frida y Diego.

Al seguir el recorrido, el espectador llega a las salas dedicadas a ambos artistas y que denotan la importante relación que la coleccionista mantuvo con ellos. Hay obras tempranas de la estadía de Rivera en Europa, piezas como El picador, hasta retratos emblemáticos de Kahlo; todo acompañado de relatos que ayudan al público a comprender la entrañable relación entre el artista y la coleccionista.

La sala de Frida, a mí parecer, es realmente conmovedora. No únicamente porque muestra algunas de las pinturas más icónicas de la artista, como La columna rota, sino porque refleja desde otro lugar el dolor de la pintora. La sala no pretende mostrarla como el personaje que hoy en día es: una mártir. Más bien la presenta como una artista en toda la expresión de la palabra, un talento técnico, un lenguaje surrealista singular, una interpretación de la sociedad mexicana en lo cotidiano y, principalmente, una mujer que cuenta su propia historia y no la que se ha narrado de ella. Cada una de las obras expuestas transmite al público la relación que mantuvo con su cuerpo: el dolor que sostuvo y cómo lo resistió. Es una curaduría que estremece al espectador y da una visión más íntima de esta icónica artista.

La relación que Dolores Olmedo sostuvo con Diego y Frida se escabulle entre pinturas, dibujos y cartas. Una relación que ejemplifica el papel fundamental que tienen los mecenas en la historia del arte: coleccionistas que logran abrir camino a los artistas y así lograr que obtengan reconocimiento y trascendencia. La última sala resguarda el gusto de Olmedo por las artes populares, lo que demuestra que, para ella, estas expresiones artísticas eran dignas de coleccionar como cualquier otra pieza de arte. 

El recorrido al que invita el Museo Dolores Olmedo no pretende ser el de un museo convencional: ir de sala en sala para tener un itinerario específico. En mi opinión, el caminar el espacio como la casa que fue, como un lugar que se habitó y vivió, logra que el espectador tenga una relación más personal con éste y así logre una conexión con la coleccionista de una forma muy particular. El espectador se adentra a la cotidianidad de una mujer sobresaliente y logra entender por qué el arte fue una parte esencial de su vida. Olmedo fue una mujer de negocios que logró romper con varios estándares de su época, hacerse de una fortuna y usarla para ser una promotora cultural. Destinó su éxito al arte; por lo tanto, no adquirió su acervo únicamente para exponerlo, promovió a los artistas —lo que denota el compromiso que tenía con el arte mexicano— y, a la par, usó el arte en su cotidianidad, lo vivió, encontró un refugio en él y dejó un legado para futuras generaciones.

*Diana Álvarez Mejía. Poeta e historiadora del arte. Tradujo, junto con Antonio Bohorquez, Me mataría en marzo de Hilda Hilst (2023). Ha publicado en Primera PáginaSanta Rabia Poetry y Letralia, tierra de letras.
@dianacartesiana

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp