Occidente despide a uno de sus grandes relatores. El holandés universal, fallece a los 92 años en Menorca. Su obra pinta los escondites de un mundo en ajetreo voluble.
Occidente despide a uno de sus grandes relatores. El holandés universal, fallece a los 92 años en Menorca. Su obra pinta los escondites de un mundo en ajetreo voluble.

Estos aires de aldea, de infecundidad. Europa anuncia la muerte de uno de sus máximos escritores y, acá, en la cuarta dimensión de la nada, como si el tiempo pasara de largo, sin atisbos, sin indicios. La brutalidad de otro proceso de civilización; la prensa, ahora digital, confirma el carácter provinciano de un ambiente en el que la cultura -la literatura- sólo es cuando el conejo malo revienta la oquedad de la chistera, el ruido, la verborrea, el estrabismo del barrio latino.
Cees Nooteboom (La Haya 1933-Menorca 2026) fue un pintor del lenguaje; un dibujante del ser. Su obra es un óleo diáfano en el que la historia del siglo XX vagabundea entre sensibilidad e intimidad. Si, como dijo Walter Benjamin, se hojea el libro del acontecer, la exquisita y refinada prosa del holandés es ojo que mira no hacia afuera, como ventana enigmática de la luz, sino hacia dentro, hacia la sombra que deslumbra el apacible y perturbador paisaje del interior, de la profundidad del metabolismo del alma, en donde se nutren y se expanden las emociones, los sentimientos y las frustraciones. Delicado pincel que proyecta -sin regañinas ni amonestaciones morales- lo que ha quedado en la superficie de los acontecimientos en cada sobreviviente del oleaje, de la dureza, de la resistencia.
Nooteboom fue el cronista de la fraternidad. El retratista de los pequeños detalles del lienzo, desde las flores que le maravillaban en Menorca, hasta las pinceladas de Hopper o Brueghel el Viejo, hasta los barrios de los dos berlines o desde las trincheras del ardiente y apasionado dios de los mares. Seductor docto, erudito de la metafísica del relato, entendido en la oralidad de la escritura, Nooteboom no fue un guionista en el sentido proverbial del oficio, no fue signo y seguido: fue una voz, una forma de cortejo entre lectura y oído; entre la vista y la sombra de las letras. Hablaba, susurraba Nooteboom en medio Alexander Platz, en el Museo Británico, en el Louvre, frente a Giorgio de Chirico, frente a una pelota o una belleza femenina en los jardines edénicos de Amsterdam.
La caja musical, la dicción del autor de la delicadeza suena aun al abrir sus libros; aroma de libertad, de sensualidad de la divisa. Nooteboom nunca dejó de ser mirada, letanía visual de una infinita paleta de colores en la que cada palabra era matiz, gradación, gama: el artista -de Cartas a Poseidón, 533 días, El día de todas almas- era -es- canto frágil pintando en la memoria del lector, que tampoco lo era: el leyente era, en realidad, espectador de un largo boceto de avales para la posteridad, para la supervivencia.
Si la existencia es poca y fatigosa, en los libros del caballero que ha muerto también puede ser placentera, cortés y refinada. Porque, antes que otra cosa, leer es un privilegio que exige sus liturgias. Nooteboom era -es- una concomitancia, un colega de los sentidos, afecto y efecto, ante el abismo. Silencio hablado; escritura y murmullo callado.

Todo el siglo, pasmoso, terrible, sublime, débil y pavoroso pisa las páginas de un testigo de grado de la vorágine. La centuria corta, despiadada y alocada tiene cabida, sin miramientos, en la tela de telas de Nooteboom, retratisa de los gestos, de los labios y de las córneas de una civilización en centrífuga continua y sin reparos. Todo es caleidoscopio, torbellino y giro. El holandés es la brocha que detiene el tiempo en la frase pospreterita.
Miraba -como los clásicos- el mundo con ojos griegos; pero también renacentistas, místicos y perplejos. Dice el sufismo que los amigos de Dios son los ojos a través de los cuales Él mira al mundo. Esto es lo maravilloso -en el sentido epifánico del término: a través de la mirada autor y lector convidaban almas, la admiración en su forma estética: cruce de pupilas, remolino de entrañas. Fascinante convivio de pericias entre el que cuenta y el que documenta. Sinceridad, la de Nooteboom -descendiente de Espinoza, de Huizinga, de Hadewijch y la beguinas-, sinceridad y donaire. El estilo afable no tiene porque escapar, huir de las penurias, de la guarrería y de las indecencias de la especie; tampoco resaltarlas. La sublimidad del estilo del holandés radica en que atina a la lencería del espíritu, que -contra todo, incluso contra sí mismo- se levanta y anda. Según Pessoa: el alma es la posibilidad de la contemplación estética de la vida.
En estos aires de aldea, de yermo, bien hace salir ahora mismo a la librería, romper el vidrio de emergencia, y abrir los libros que ya Occidente extraña, los de Cees Nooteboom el amanuense de retablo de la persistencia.
Dijo Platón: si algo es bello es porque participa de la forma absoluta de la belleza. El holandés fue, es y será, de una absoluta y sentida forma de la belleza que es mirada, y leída.
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