Miguel Cane
Hace 30 años, un joven entusiasta de 22 se sentó a escribir lo que sería su primera reseña profesional. La película sobre la que me ocuparía era Rompiendo las olas, presentada por Lars von Trier en el Festival de Cannes de 1996, y aquel texto, probablemente torpe, quizá falto de matices, marcó el inicio de una carrera. Ahora, en mi mediana edad, vuelvo a la película a la que debo tanto para intentar darle una mirada más profunda, no sólo a la obra, sino también al diálogo que he sostenido con ella durante toda una vida.
La historia concebida por von Trier es engañosamente sencilla. Bess McNeill es una joven de una candidez casi infantil que vive en una aislada comunidad religiosa de la Escocia a mediados de los años setenta. Contra la voluntad de los ancianos que gobiernan la congregación y pese a las (justificadas) reservas de su familia, Bess logra casarse con Jan (Stellan Skarsgård), trabajador de una plataforma petrolera que es tan rudo como bondadoso, cuya llegada altera el orden rígido de las cosas en la pequeña sociedad insular. Su madre (Sandra Voe), devota y temerosa, acepta con vacilación el matrimonio, mientras que Dodo (Katrin Cartlidge), su cuñada viuda y enfermera, llegada de Londres, representa una mirada más libre y moderna que la convierte, al igual que Jan, en una extraña dentro de esa comunidad cerrada sobre sí misma.
La felicidad de los recién casados dura poco. Un accidente deja a Jan paralizado y postrado en una cama de hospital. Mientras Bess lo cuida con devoción absoluta, él, aturdido por los medicamentos y convencido de que jamás volverá a tener una vida normal, le pide que mantenga relaciones sexuales con otros hombres y después le cuente lo sucedido. Bess termina creyendo que ese sacrificio puede obrar un milagro y devolverle la salud al hombre que ama. Lo que sigue es un doloroso via crucis que la enfrenta al rechazo de su comunidad, a la incomprensión de quienes intentan protegerla —Dodo y el doctor Richardson (Adrian Rawlins)— y, finalmente, a un destino cuya violencia resulta casi insoportable.
Cuando la vi por primera vez, entendí Rompiendo las olas como una historia de amor apasionado que es llevada hasta sus últimas consecuencias, una tragedia romántica de intensidad desmesurada. Hoy descubro que la película plantea preguntas mucho más incómodas, que no admiten respuestas simples. ¿Bess actúa de manera libre o es producto de un sistema patriarcal que ha moldeado su voluntad? ¿Es una santa o una víctima? Recuerdo mi reacción aquella tarde en el ya desaparecido Cine Latino, en Paseo de la Reforma: la película se convirtió para mí en un debate interior, parecido a las conversaciones que la propia Bess sostiene con ese Dios cuya voz termina siendo la suya. Salí de la sala sin poder decidir si lo que había visto era audaz o ingenuo, conmovedor o manipulador, esperanzador o cruel, feo o profundamente hermoso. Con los años comprendí que esa ambivalencia no constituye una falla del guion ni de la puesta en escena: es, para ser precisos, el centro de la obra.
Lo que en un primer acercamiento podía parecer una concesión al melodrama —género que con demasiada frecuencia despreciamos por considerarlo menor— se revela como una estrategia narrativa de enorme sofisticación. Von Trier construye una puesta en escena que parece espontánea, casi improvisada, pero está calculada con extraordinaria precisión. Aunque ya había concebido junto con Thomas Vinterberg el manifiesto Dogma 95, Rompiendo las olas no pertenece en absoluto a ese movimiento. Comparte con él cierta urgencia visual —la cámara en mano, la fotografía de apariencia documental, la cercanía física con los personajes—, pero se permite libertades que el manifiesto habría prohibido.
Esa tensión entre naturalismo y artificio atraviesa toda la película. Mientras la cámara en mano nos sumerge en la alegría casi infantil y la creciente angustia de Bess, los intermedios que separan los capítulos interrumpen el flujo narrativo con paisajes de colores saturados, casi pictóricos, acompañados por himnos del rock de la época —David Bowie, Elton John, Mott the Hoople. El efecto podría parecer kitsch, incluso contradictorio, pero impide que aceptemos la historia como un simple drama realista. Von Trier nos obliga a mantener una distancia crítica, a preguntarnos constantemente qué estamos viendo: ¿una telenovela existencialista, una parábola religiosa, o un milagro?
No es casual que haya ecos de Søren Kierkegaard. Bess parece obedecer un mandato que sólo ella puede escuchar y cuya lógica resulta incomprensible para quienes la rodean. Su heroísmo yace en desafiar toda ética compartida para manifestar una convicción íntima, una certeza que nadie más puede verificar. Es una lectura perfectamente válida, aunque sospecho que la película va todavía más lejos.
Rompiendo las olas, primera entrega de la trilogía Corazón de oro, completada posteriormente con Los idiotas y Bailando en la oscuridad, gira alrededor de una pregunta tan antigua como escurridiza: ¿qué significa hacer el bien? Para los ancianos de la congregación, esto consiste en obedecer las normas, preservar el orden y castigar cualquier desviación del mismo. Para Bess, en cambio, el bien no tiene nada que ver con la obediencia. Es un impulso que la lleva, paradójicamente, a quebrantar todas las reglas que su comunidad considera sagradas.
En ese sentido, su sacrificio puede entenderse como una forma de don absoluto. Bess entrega su cuerpo, su reputación y, finalmente, su propia vida sin esperar recompensa. Ama sin esperar ser amada. Se ofrece sin garantías. Esa gratuidad radical resulta inconcebible para su mundo, porque desordena todas las categorías morales con las que los demás se rigen.
Pero esa misma entrega total abre otra pregunta inevitable. ¿Estamos ante un acto de liberación o frente a la forma más cruel de sometimiento? Bess parece atrapada entre dos imágenes que el patriarcado ha impuesto durante siglos a las mujeres: la santa y la mujerzuela, dos figuras en apariencia opuestas que, en el fondo, obedecen a la misma lógica de control. La comunidad que primero admiró su pureza termina viendo en ella la encarnación del pecado. Su inmensa capacidad de amar se interpreta como corrupción. Su inocencia como obscenidad. Esa inversión moral conduce, de manera inexorable, al castigo. La ambigüedad alcanza su culminación en el extraordinario desenlace. Durante toda la película, los ancianos de la iglesia condenan cualquier manifestación material de lo sagrado; incluso las campanas han sido retiradas del templo por considerarlas una distracción mundana. Sin embargo en la escena final el cielo entero parece llenarse con el sonido de campanas invisibles. ¿Asistimos a un milagro? Von Trier no responde. Lo verdaderamente provocador no es el prodigio en sí, sino que obliga aún al espectador más racional a admitir la posibilidad de que Bess tuviera razón.
Resulta imposible hablar de Rompiendo las olas sin la actuación extraordinaria de Emily Watson. Von Trier la eligió en el último minuto (un auténtico “ave María” cinematográfico) luego de que Helena Bonham Carter abandonara el proyecto apenas dos semanas antes del rodaje. Watson era prácticamente desconocida y sin experiencia ante las cámaras. Lo que hizo con Bess no sólo le dio un rostro al personaje: le dio un alma.
Buena parte de la fuerza de la película nace de esa interpretación. Watson evita que se convierta en una abstracción o una alegoría: la vuelve de carne y hueso, vulnerable, luminosa, llena de una inocencia que convive con una determinación inquebrantable. Hay algo profundamente conmovedor en su manera de mirar, de sonreír, de quebrarse poco a poco sin perder jamás la capacidad de amar. Verla actuar es asistir al desmantelamiento de un ser humano y, al mismo tiempo, al nacimiento de un mito.
Vista hoy, después de recorrer la filmografía posterior de Von Trier —de Dogville a Melancolía, quizá la culminación de su obra—, la interpretación de Watson se revela todavía más extraordinaria. Es el centro gravitacional de una película que, en manos de una actriz menos intuitiva, habría podido derrumbarse bajo el peso de sus ambiciones filosóficas y de sus riesgos narrativos. También fue el trabajo que terminó de revelar a von Trier ante un público mucho más amplio que el del circuito europeo donde ya era una figura de prestigio.
Aunque ya no la conservo, recuerdo la reseña que escribí en 1996 por encargo de mi primer jefe y editor, Paco Ignacio Taibo I —nada que ver con el II en este aspecto—, quien puso en mis manos el abono para la Muestra Internacional de Cine. Estoy seguro de que aquel texto intentaba emitir un veredicto: decidir si Rompiendo las olas era una obra maestra, un escándalo o un ejercicio de provocación. Me gusta pensar que fui elogioso, aunque con reservas. Lo que sí sé es que nunca había visto nada parecido.
Ahora entiendo que la cinta no pide un juicio, sino una conversación; se resiste a la interpretación definitiva. Cada vez que uno vuelve a ella descubre una película distinta, porque quien ha cambiado es el espectador.
Después de tres décadas viendo cine de todas las formas posibles, entrevistando a algunos de sus creadores y convirtiendo esa pasión en un oficio, puedo afirmar que el verdadero poder de Rompiendo las olas reside en su capacidad para ser un problema irresoluble. Muy pocas películas sobreviven intactas al paso del tiempo; ésta parece enriquecerse con cada nuevo encuentro.
Pienso otra vez en Bess. En la Watson, en Skarsgård, en los páramos barridos por el viento, el mar golpeando contra los escollos y, por supuesto, en esas campanas que señalan una ascensión a los cielos. No importa si las entendemos como un milagro, una metáfora o una ironía de von Trier. Repican exactamente igual 30 años después.
Cada vez que las escucho llego a la misma conclusión: Esa mujer es una santa.
*Miguel Cane. Escritor, dramaturgo, crítico y periodista cinematográfico con 30 años de carrera. Su último libro es Liliput (Gato Blanco, 2025).
@AliasCane
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