Este domingo, el país sudamericano se juega todo en materia económica y de seguridad, en la elección que marcará el fin de la era Petro
Este domingo, el país sudamericano se juega todo en materia económica y de seguridad, en la elección que marcará el fin de la era Petro

Colombia llega a las urnas este domingo atravesado por una paradoja. Mientras el país experimenta uno de los momentos de mayor polarización política de las últimas décadas, también enfrenta una transición inédita: la salida de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia nacional, cuyo gobierno abrió una nueva etapa política que ahora será sometida a examen en las urnas.
Más que una elección presidencial, el proceso se ha convertido en un referéndum sobre el rumbo que debe tomar la tercera economía de América Latina, una nación que sigue enfrentando desafíos estructurales de violencia, desigualdad y fragmentación política.
Lo que está en disputa no es solamente quién ocupará la Casa de Nariño durante los próximos cuatro años, sino si Colombia profundiza el giro progresista iniciado en 2022 o emprende un retorno hacia posiciones de derecha cada vez más radicalizadas.
Las encuestas muestran una contienda dominada por dos figuras que representan proyectos políticos opuestos. Por un lado, aparece Iván Cepeda, senador, defensor de derechos humanos y candidato respaldado por el oficialismo, quien encabeza la intención de voto y busca preservar el legado político de Petro.
Del otro lado emerge Abelardo de la Espriella, abogado penalista y figura ajena a los partidos tradicionales, cuya campaña ha crecido rápidamente con un discurso centrado en la seguridad, el orden y el rechazo frontal a las élites políticas.
Detrás de ambos se ubica Paloma Valencia, representante de la derecha conservadora tradicional, cuya candidatura ha perdido impulso en la recta final.
Todo apunta a que ningún candidato alcanzará el umbral necesario para ganar en primera vuelta, por lo que el país se prepara para una segunda ronda que podría profundizar aún más las tensiones políticas acumuladas durante los últimos años.
El ambiente electoral colombiano parece estar definido menos por los programas de gobierno que por las emociones colectivas. Analistas en medios internacionales coinciden en que el miedo, la frustración y el enojo han desplazado al debate programático.
La ausencia de debates entre candidatos y la creciente influencia de las redes sociales han favorecido campañas basadas en identidades políticas y narrativas emocionales. La discusión pública gira alrededor de percepciones de amenaza, deterioro o esperanza, más que sobre propuestas concretas de gobierno. En ese escenario, la seguridad se ha convertido en el principal eje de movilización electoral.
La violencia ocupa un lugar central en las preocupaciones ciudadanas. Diversas regiones viven un recrudecimiento de los enfrentamientos entre grupos armados ilegales, mientras que en las ciudades crecen las denuncias por extorsión e inseguridad cotidiana.
Los críticos del gobierno atribuyen parte de esta situación a la estrategia de "paz total" impulsada por Petro, argumentando que las negociaciones con grupos armados permitieron su fortalecimiento territorial.
Sobre ese terreno ha construido su campaña De la Espriella, quien propone respuestas de mano dura, rechaza cualquier negociación con organizaciones armadas y promete recuperar rápidamente el control estatal de las zonas más conflictivas. Su ascenso refleja el atractivo que han adquirido los discursos de orden y autoridad en una sociedad cansada de décadas de conflicto.
La elección también representa la evaluación más importante del experimento político iniciado por Gustavo Petro hace cuatro años.
Aunque su administración estuvo marcada por controversias, tensiones institucionales y cuestionamientos a algunas reformas, Petro logró consolidar una base social que interpreta su gobierno como el comienzo de una transformación histórica para sectores tradicionalmente excluidos de la vida política colombiana.
Comunidades indígenas, organizaciones sociales, sectores populares urbanos y parte de la juventud continúan identificándose con un proyecto que prometió incorporar a los "nadies" al centro de las decisiones nacionales.
Cepeda intenta capitalizar ese respaldo. Su candidatura representa una continuidad matizada: mantiene la defensa de una política de paz y de inclusión social, aunque ha señalado que no necesariamente replicaría los mismos mecanismos aplicados por el actual gobierno. Su propuesta apuesta por fortalecer la presencia estatal en los territorios más afectados por la violencia mediante inversión social, empleo y educación.
Sin embargo, el oficialismo enfrenta el desgaste natural del poder. Las preocupaciones por la seguridad, las denuncias de corrupción, las dudas económicas y el cansancio ciudadano frente a la confrontación política han abierto espacio para opciones opositoras que buscan convertir la elección en un voto de castigo contra la administración saliente.
Lo que ocurra en Colombia también será observado con atención fuera de sus fronteras.
Una eventual victoria de Cepeda mantendría a Colombia dentro del grupo de países latinoamericanos gobernados por fuerzas progresistas, junto con gobiernos como los de México y Brasil. En contraste, un triunfo de De la Espriella supondría un reacomodo relevante en el equilibrio ideológico regional y fortalecería la expansión de nuevas derechas populistas que han ganado terreno en distintos países del continente.
La relación con Estados Unidos aparece como uno de los factores más sensibles. Durante el mandato de Petro, Bogotá y Washington atravesaron momentos de tensión, particularmente por las diferencias públicas entre el presidente colombiano y Donald Trump. Sin embargo, ambos gobiernos mantuvieron canales de entendimiento en temas estratégicos.
El próximo presidente heredará una agenda compleja: cooperación en materia de seguridad, lucha contra el narcotráfico, estabilidad regional y posicionamiento geopolítico frente a actores como China y Rusia, cuya influencia en América Latina continúa creciendo.
La elección del domingo encuentra a Colombia dividida, inquieta y en busca de respuestas. Una parte del electorado teme que la salida de Petro implique el cierre de una etapa de inclusión política para sectores históricamente marginados. Otra considera que el país necesita un giro contundente para enfrentar la inseguridad y recuperar la confianza institucional.
Entre ambos polos se mueve una sociedad que observa con incertidumbre el futuro inmediato. Más allá de quién resulte vencedor, el próximo gobierno recibirá un país marcado por la polarización, por una ciudadanía cada vez más desconfiada de las élites tradicionales y por la necesidad urgente de reconciliar las demandas de seguridad con las aspiraciones de transformación social.
La pregunta que resolverán las urnas no es únicamente quién sucederá a Gustavo Petro. La verdadera incógnita es qué Colombia emergerá después de él.
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