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¿Construir alianzas en forma democrática o autoritaria?

La calidad de una oposición que viene de perder el poder reside en su capacidad de abandonar los vicios que la alejaron del electorado y en aumentar la representatividad de su propuesta y de sus candidatos.

En 2023, PAN y PRI hicieron una alianza en Coahuila por la cual Marko Cortés apoyó al candidato priista Manolo Jiménez no a cambio de implementar determinadas políticas públicas que su partido consideraba provechosas para la sociedad sino a cambio de nombramientos irregulares en notarias y magistraturas, entre otras cuotas.

Jiménez no cumplió, Cortés protestó. López Obrador festejó: “Cuando se reparte mal el botín, hay motín”, dijo con sorna.

Ante la opinión pública quedó demostrado que siguen vigentes las prácticas que hartaron a los ciudadanos.

Los primeros pasos hacia la participación electoral en 2027 de los partidos que tuvieron el poder y lo perdieron no son de rectificación.

El PRI hizo un espectáculo de autoritarismo. Sin explicar razones ni procedimientos, Alejandro Moreno anunció los precandidatos decididos por Alejandro Moreno. Desde la Ciudad de México se les dio a conocer a militantes y ciudadanos de 17 estados lo que se decidió en Insurgentes norte. Así lo hace, también, con las dirigencias estatales y municipales de su partido: quita y pone a discreción. La reforma de estatutos del PRI le permite decidir todo y hacerlo por lo que le reste de vida.

El electorado ve una regresión hacia las formas priistas de hace 40 años: el dedazo.

El PAN sí hace autocrítica y anuncios de procesos renovados, pero sigue sin precisar cómo garantizará que los nuevos afiliados, las ideas y los ciudadanos sin partido no sean aplastados por los padroneros que controlan los comités estatales.

El electorado solo ve intenciones.

Me parece que una alianza que dispute exitosamente el poder a Morena necesariamente tiene que estar compuesta por un conjunto de propuestas fundamentadas de solución a los problemas nacionales y locales; por candidatos que gocen de credibilidad, y por formas políticas de implementación y comunicación diferentes a las obsoletas tradiciones de los aparatos partidistas.

Se requiere desencadenar un proceso de deliberación con base en información, diagnósticos, experiencias e ideas. Los complejos problemas necesitan, para ser solucionados, integrar diferentes visiones. La reflexión debe ser libre, sin la atadura de las jerarquías. La oferta de alternativas a las fracasadas políticas morenistas sólo será eficaz si integra la pluralidad de la sociedad y se hace con profundidad, sin simulación. El paso de la denuncia a la propuesta requiere de pensar conjuntamente.

Se requiere que no haya cuotas y cuates en las candidaturas. Es necesario excluir tajantemente a los vinculados con el crimen organizado y la corrupción. Sin importar filiación partidaria y relación con dueños de los aparatos políticos deben llegar los más confiables y creíbles a las boletas.

Aunque es innegable que la intromisión del aparato electoral de Morena y/o el crimen organizado hace imposibles las votaciones en urnas, sí es posible una elección primaria con base en encuestas y debates organizados por personalidades independientes, que lleve a una selección de candidaturas representativas.

El diálogo democrático que aprovecha la pluralidad es el campo propicio para el fortalecimiento de una oposición realmente alternativa a Morena, puesto que el partido oficial está vedado para ello por sus características de movimiento populista, donde solo se obedece.

Conformar una alianza en una mesa de póquer entre capos de partido producirá una propuesta chata con candidatos desacreditados.

Ser una variante autoritaria con un pasado de corrupción no hará que regresen los electores que se fueron hartos ni será atractiva para los independientes.

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