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Contra los intelectuales

Este ensayo reconstruye el origen y la evolución del intelectual moderno, desde la corte y el mecenazgo hasta la intervención pública mediante manifiestos y desplegados. A través de episodios como el caso Dreyfus y diversas coyunturas de la historia mexicana, el texto examina la responsabilidad del artista frente a la política.

Pablo Mario Echegoyen

Siglos atrás, el artista era un habitué de la corte: cantaba las glorias del príncipe, lo legitimaba, y no hacía falta ni criticarlo ni tomar distancia de él. En Roma, Virgilio y Horacio celebraron la pax augusta; en la Francia del siglo XVII, Racine, La Fontaine y Boileau intercambiaron su genio a Luis XIV por una buena pensión; la España del mismo siglo, vio a sus mejores hombres —Quevedo, Góngora, Calderón— dirigir sus mejores poemas a la corte de los Felipes. Las primeras academias —el Collège de France, por ejemplo— son acaso un primer intento de institucionalización de lo anterior. 

Luego de la Revolución Francesa, este sistema de mecenazgo entró en crisis: donde los había, el príncipe ya no necesitaba la legitimación del artista; donde no, pues ni qué hacer… Las revoluciones burguesas mutaron la relación personal y jerárquica de los artistas con sus mecenas por autonomía y precariedad. El artista enfrentó en solitario, por vez primera, al mercado. Dejó de trabajar para un gran señor; su empleador, a partir de ese momento, fueron editores, publicistas, galeristas y demás incipientes empresarios culturales. El artista se vio obligado a vivir en los márgenes; el bohemio del siglo XIX, el flâneur de Baudelaire, el chiffonnier de Benjamin: he ahí sus modelos más acabados. Figuras extraídas del romanticismo que continúan vigentes hasta nuestra época. 

En 1894, el capitán Alfred Dreyfus — judío— fue condenado por traición en un proceso viciado por el antisemitismo y el encubrimiento militar. El caso dividió a la Francia de la Tercera República entre dreyfusards y antidreyfusards durante los años subsecuentes. El 13 de enero de 1898, Émile Zola publicó su J’accuse en el diario L’Aurore. Se trataba de una carta abierta dirigida al presidente de la República, Félix Faure; en ella apelaba a la verdad, pero sobre todo al deber cívico de sus conciudadanos en la búsqueda de justicia. Más que los lectores,—los que Zola tenía a manos llenas— su destinatario era la opinión pública toda. Este fue el primer intento por incidir en la opinión pública a título personal, es decir, en constituirse así en intelectual. 

Tan solo un día después de la publicación del J’accuse apareció, en el mismo periódico, el “Manifeste des intellectuels”: un escrito que concitaba firmas de escritores, profesores, científicos y artistas en donde exigían la revisión del proceso Dreyfus. Los adversarios del capitán retomaron la palabra a manera de insulto. El 1 de febrero, Maurice Barrès publicó en Le Journal el artículo “La protestation des intellectuels!”, donde ridiculizaba a los dreyfusards. Eran enemigos por igual —siempre de acuerdo con ideólogo de derechas— de la nación, la tradición y el sentido común. Había nacido el desplegado.

El intelectual no era, pues, consejero áulico; tampoco desempeñaba como funcionario ni como jefe de partido (a la manera de los publicistas de la primera mitad de siglo). No representaba sino principios universales y su única espada no era otra que la de su propio prestigio. Y así será desde entonces. En esencia, no cambiará mucho su condición hasta la época dorada, si así cabe decirlo, del intelectual: la de Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Raymond Aron, entre otros. Y antes de ellos, claro, aunque ya nadie lo recuerde Julien Benda con su Trahison des clercs

Para la segunda parte del siglo XX, la figura del intelectual (nunca “intelectual público”, pleonasmo y terminajo de politólogos) se encontraba bien extendida en el mundo. Los ejemplos anteriores se circunscriben a Francia; ya escucho: “Francia no es el mundo, lo que pasaba en aquel país no era extensivo a todo el mundo”. En aquel tiempo, sin embargo, sí lo era. Un Jorge Luis Borges, desapegado de la tradición gala, bien lo sabía y aceptaba; tanto que, siendo el escritor apolítico por antonomasia, no dejó de firmar no pocos desplegados.  

En México no fue distinto —y así lo prueba nuestra historia de la firma de desplegados. En 1968, cuando el movimiento estudiantil, el periódico El Día hizo aparecer en sus páginas la “Protesta de intelectuales y artistas” —secundada por personajes tan disímbolos como Juan Rulfo, Carlos Monsiváis y Tomás Segovia, entre muchos otros—, que exigía la libertad de los presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos y la derogación del delito de disolución social. En el año 71, el caso Padilla, aunque cubano de origen, asaltó el mundillo literario mexicano, cuando el capítulo local del PEN Club publicó el 2 de abril de 1971 en Excélsior un manifiesto donde se defendía la libertad de crítica y de creación en la isla y sen repudiaba cualquier tipo de represión en contra de Padilla. Rubricaron Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Benítez y muchos más. 

Pasados los años el hábito no hizo sino consolidarse: en 1994, luego de la irrupción zapatista en Chiapas, el 18 de abril se publicó “Por la paz en Chiapas y en México”, un documento que exigía la reanudación del diálogo entre el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el comisionado Manuel Camacho Solís, el obispo Samuel Ruiz y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Entre los firmantes estaban Sergio Aguayo, Adolfo Aguilar Zinser y Armando Bartra. Si se revisan apenas los nombres invocados, se observará un cambio sustancial: los escritores dieron paso a ciudadanos, organizaciones civiles, académicos, defensores de derechos humanos y especialistas de toda ralea. 

¿Firmar o no firmar? 

En sus Consideraciones de un apolítico, Thomas Mann distingue entre los artistas politizados y los esteticistas. Yo engroso las filas de los segundos: no carezco de sentimiento de responsabilidad ni de conciencia de lo que sucede a mi alrededor. Pero me pregunto: “A fin de cuentas, soy un artista, ¿de qué valen mis opiniones fuera del reino del arte? En el fondo, yo sé que nada valen —y en el fondo, la sociedad piensa igual. Por más elocuente que sea mi posición, ¿a quién interesa seguir a un artista por sus opiniones? O mejor aún: ¿hay posibles consecuencias de estas opiniones? Creer que las hay no se me antoja otra cosa que optimismo desbordado. 

Luego también: reflexiono si la defensa de una causa no obedece a razones del todo egotistas. Alega Mann: los artistas politizados (los intelectuales, para decirlo pronto) comparten un “ánimo moralizante”, un “ethos cálido”, una “lacrimosa filantropía revolucionaria” que, en aras de los efectos olvida no sólo el buen gusto sino el alcance de dichos efectos. En un país con problemas apremiantes, qué menos urgente que adherir causas desde la asepsia de la página impresa (ahora también digital). 

Gabriel Zaid, que ha hecho tanto por este país, lo ha predicado en solitario: sin formar un desplegado, ha tenido una ascendencia como ningún otro en el devenir de no pocas de nuestras instituciones. Como él, permanezco responsable e íntimamente vinculado con la vida, pero descreo de los grandes ideales —la fe en la humanidad, el progreso, la felicidad—, proclamados con fanfarrón optimismo revolucionario.  Prefiero ver a mi prójimo a los ojos; abrir la puerta de casa: salir y poner los actos a obrar.

*Pablo Mario Echegoyen. Jesuita y torero. Vive en el País Vasco. 

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