...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

¿Cristiano y ciudadano? ¿Se puede?

La relación del cristiano con la posibilidad de ser ciudadano ha sido un tópico importante a lo largo de dos mil años, tiempo suficiente para haber planteado el problema en muchas civilizaciones y culturas. En cada caso ha tenido la misma respuesta. Siempre es posible. La dificultad radica en el cómo. Por ser una religión que se incultura, la respuesta depende de tiempos, contextos y personas.

En las culturas occidentales, el nacimiento del Estado laico y su desarrollo en el siglo XX implicó el final de las sociedades confesionales, es decir, aquellas donde religión y ciudadanía eran términos intercambiables, pues practicar una implicaba la otra. Hoy, la pregunta es otra: ¿cómo ser cristiano y ciudadano en sociedades plurales? Se han supuesto dos caminos: esconder la convicción religiosa para participar como uno más en la república, lo que lleva a un cristianismo vergonzante; o bien, afirmar la identidad contra viento y marea, lo que acaba por convertirse en un cristianismo patón y farisaico. En ambos caos, la fe sufre las consecuencias, pues termina en un segundo plano frente a las ideologías.

Hoy existe un camino más generoso sugerido por san Pedro en sus dos maravillosas cartas, escritas en un contexto donde expresar la fe con libertad y en público era visto con sospecha, por decir lo menos, como suele suceder en nuestro México. El apóstol nos pedía dar razones de nuestra esperanza con sencillez y humildad (1 Pedro. 3:15-16).

El consejo de san Pedro tiene su propia gramática, es decir, asume un supuesto y sigue un orden preciso. Lo primero es entender, con Benedicto XVI, que el Estado laico es un logro de la civilización que los católicos tenemos el deber de promover, por lo que cualquier intento de confesionalizar el Estado debe ser combatido, sin importar a que tipo de confesión se refiera, sea religiosa o cuasi religiosa como sucede en los regímenes autoritarios, sin importar su signo. Y aquí debemos poner especial cuidado en nuestros días pues un ideología autoritaria -la que sea- resulta un remedo patético de una religión; genera liturgias de adoración al poder, Dios es el Estado o el partido y el líder su mesías.

Lo segundo es tener claro que somos cristianos que ejercemos una ciudadanía y no ciudadanos que por casualidad somos cristianos. Y aquí el orden de los factores altera el producto. Quien crea que diluyendo la fe se hace mejor ciudadano, acabará por lastimar su fe y comprometer su ciudadanía en un lastimoso autoengaño. Quien imagine que dar testimonio es condenar a cuantos piensan diferente, comete un acto de soberbia ajeno al consejo de san Pedro y, más grave, a los dichos y hechos de Jesús de Nazaret.

Cuando Cristo es el motivo de nuestra existencia, ni la fe se puede esconder ni el compromiso ciudadano esquivar. ¿Cómo dar testimonio de nuestra esperanza con sencillez y humildad en un México cruzado por el desprecio a la dignidad humana, cuando el autoritarismo avanza implacable? Pasada Semana Santa seguiremos reflexionando al respecto.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp