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Cuando el sarampión fue motivo de orgullo

Concluí mi entrega anterior diciendo que pareciera que nos hemos resignado a que el lado más brillante de México esté en su pasado y que, en materia de logros, “le estamos quedando a deber a nuestros ancestros (…) y a México”. La irrupción del sarampión como problema de salud pública refuerza esa idea y me permite compartir algo personal que, por histórico y vigente, me atrevo a contar.

A inicios de los 60, el sarampión cobraba del orden de 10 mil vidas infantiles al año en México. Afortunadamente, la primera vacuna había sido autorizada en 1963 en Estados Unidos, y nuevas formulaciones se licenciarían en los años inmediatos en Europa.

México se disponía a adquirirla a gran escala. Pero había un problema: aun con ampliaciones presupuestales gestionadas con el secretario Ortiz Mena, en Hacienda, la cotización presentada por el Institut Pasteur (Francia) de 1 dólar por dosis sólo alcanzaba para vacunar a 20% de la población objetivo (se podían adquirir menos de 2 millones de dosis y se debía vacunar a 9 millones de niños). Vacunar a 20% no cambiaría el curso de la epidemia.

Nuestro gobierno decidió no resignarse a administrar la muerte y el secretario de Salubridad comenzó un intercambio epistolar y telefónico con el director del laboratorio francés. La negociación era, literalmente, de vida o muerte. Tras varias cartas y llamadas, el precio bajó a 0.50 USD, pero seguía siendo insuficiente. Entonces, en un último intento, el secretario dobló la apuesta: apelando a la humanidad de su contraparte, le pidió mejor precio y, además, la cepa madre para producir la vacuna en México.

Increíblemente, tras unos días de un silencio angustioso, el Institut Pasteur respondió con una cotización de 25 centavos por dosis y el compromiso de donar al gobierno de México el material biológico y la tecnología para producir la vacuna en territorio nacional.

Con la cepa en casa, México pudo iniciar la producción y desplegar campañas masivas de vacunación. A partir de 1973, la mortalidad cayó en picada y, con coberturas sostenidas y el orgullo genuino de un logro colectivo, el país interrumpió la transmisión endémica en 1997 (cero casos 1997-1999; reintroducción contenida en 2000).

Y así nos mantuvimos hasta que, entre 2019 y 2023, como consecuencia de una crisis de suministro y de la irresponsabilidad de quienes tenían el deber de proteger la salud pública en México, la cobertura registró caídas y brechas acumuladas pospandemia, rompiendo nuestro escudo preventivo.

Hoy, ante un brote que ya cobra decenas de vidas y que nos tiene al borde de perder el estatus de país libre de sarampión, la historia de la actuación de mi abuelo, el Dr. Rafael Moreno Valle (secretario de Salubridad y Asistencia 1964-1968) ante la epidemia de sarampión, adquiere una vigencia dolorosa. Su gestión nos recuerda que el orgullo de logro no nace de la demagogia sino de la eficacia. Es el ejemplo vivo de que, cuando hay compromiso y talento, México no tiene por qué vivir de su pasado, sino que es capaz de fabricar un futuro de logros.