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Cuatro replanteamientos para el liberalismo del siglo XXI

1989 pareció consagrar el triunfo de la república liberal capitalista. En París, bajo el gobierno socialista de Mitterrand, se celebraron los 200 años de la Revolución Francesa con la audacia de erigir la pirámide del Louvre, diseñada por Pei, arquitecto chino-estadounidense. Meses después, movilizaciones pacíficas derribaron el Muro de Berlín. En Europa del Este, multitudes celebraron su liberación del imperialismo soviético y de sus tiranías locales, con la expectativa de convertirse en repúblicas liberales capitalistas y globalizadas, como aquella Francia socialista orgullosa de su revolución burguesa y republicana.

El avance parecía imparable. En dos décadas, las democracias se triplicaron y, en 1991 —cuando, según Hobsbawm, terminó el siglo XX—, el colapso soviético selló un triunfo que parecía definitivo.

Pero no fue lineal. Tras expandirse en el siglo XIX, las repúblicas liberales casi sucumbieron en el periodo de entreguerras, arrasadas por el fascismo. Después de la Segunda Guerra Mundial renacieron y entraron en una etapa excepcional —la Edad de Oro, en palabras de Hobsbawm—: crecimiento sostenido, pleno empleo, expansión de la educación y la salud, innovación tecnológica y, sobre todo, movilidad social sin precedente. Cada generación vivía mejor que la anterior. Una experiencia de libertad —de control sobre la propia vida— desconocida hasta entonces.

Ese impulso alcanzó, con menor intensidad, a los países en desarrollo, en particular a México. La Revolución creó condiciones propicias: desmontó la hacienda y abrió paso a un capitalismo más dinámico. La educación y salud crecieron a gran velocidad; surgió movilidad social. México no era una democracia, pero sí tenía uno de los regímenes más abiertos de su historia y de América Latina, con estabilidad y control civil sobre los militares. Ese entorno favoreció, con el tiempo, la democratización.

Pero desde los años 70 ese ciclo se agotó. La Edad de Oro fue la excepción. Mientras se celebraba la victoria del liberalismo, germinaba su crisis.

Esa desviación descansa en cuatro fallas.

La primera es la propia idea de libertad. Tras la guerra, el mundo volvió al imperativo de Kant: el ser humano es un fin, no un medio. De ahí los derechos humanos y la noción de que la libertad requiere de un Estado fuerte para su ejercicio. Pero ese equilibrio se perdió. La libertad se redujo a la no interferencia. Las personas dejaron de ser fines para convertirse en instrumentos: para producir más y para acumular votos.

La segunda es la penetración del Estado. Los mismos procesos que impulsaron el crecimiento y la movilidad de la Edad de Oro fortalecieron poderes fácticos que terminaron por capturarlo. Un capital reconcentrado, liderazgos sindicales clientelares y, en Estados débiles, el crimen organizado y cacicazgos locales, ampliaron su influencia sobre las elecciones, desviando el interés público. El Estado dejó de equilibrar y empezó a inclinarse en favor de una nueva y heterogénea oligarquía.

La tercera es la tensión entre lo universal y lo particular. La expansión transnacional del capital debilitó el control local sobre decisiones vitales. A la vez, resurgió la reacción contra la razón y la ciencia. Y la pretensión universal de los valores liberales choca con sociedades multiculturales.

La cuarta es el cambio tecnológico. Subordinado a la productividad, ha polarizado el empleo, concentrado oportunidades y debilitado la movilidad social.

El triunfo contenía su crisis. Corregirla exige recuperar el principio kantiano de que el ser humano es fin, no medio. Solo así podrá reconstruirse una vida libre. En las próximas entregas de Movimiento de Independencia analizaremos a fondo estas fallas y su replanteamiento.

La columna hará una breve pausa y regresará el lunes 13 de abril.

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