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DANZA: El templete es diferente para cada pie

Daniela Martínez

Desde 1881 en Papeete, Tahití, se realiza anualmente el festival cultural más importante de la Polinesia Francesa: el Heiva i Tahití, donde las tradiciones, las leyendas y la música unen a los isleños para compartir energía a través de cantos, danzas e indumentaria. Actualmente, el festival se transmite mediante plataformas de streaming para difundir la cultura tahitiana a nivel mundial. 

La noche del 15 de julio de 2026 tuvo lugar la ceremonia de galardón del festival, donde se premiaron diversas categorías como mejor bailarina, mejor bailarín, mejor orquesta, mejor vestuario, mejor orero, mejor grupo, entre otros. El grupo ganador de la justa fue Nuna’a E Hau, bajo la dirección de Heimanu Tehahe. Durante la puesta en escena, los cantos grupales y oraciones individuales proyectaron la energía y espiritualidad característica de las islas polinesias. 

Además de la imponente orquesta que estrujó el escenario con sus intempestivas percusiones, la sincronización grupal, la dificultad técnica, coreográfica y la elevada confección de los vestuarios, destacó frente a la cámara la aparición de los participantes mexicanos Estephany Gutiérrez Espinoza y Carlos de la Concha, coreógrafos y directores del grupo mexicano de Ori Tahití, Tamari’i O Te Ra, quienes a través de redes sociales compartieron su trayectoria y esfuerzos para participar en el festival sin incentivos gubernamentales. 

Lo anterior invita a reflexionar acerca del apoyo institucional en materia de difusión, equidad y accesibilidad para los bailarines mexicanos con el objetivo de mejorar su crecimiento y contribución a la sociedad. ¿El escenario es el mismo para todos?

Los bailarines y coreógrafos en México enfrentan un panorama adverso donde la preparación, la pasión y el deseo de transmitir el conocimiento al alumnado colisionan con la precariedad laboral. De acuerdo con cifras de Data México, el salario promedio mensual de los docentes dancísticos es de $14,600 en promedio, con 29.9 horas semanales trabajadas y mayoritariamente sin seguridad social o prestaciones.

Paralelamente, las convocatorias gubernamentales de apoyo a proyectos escénicos independientes son limitadas y el filtro se endurece en cada género dancístico, ya que la danza clásica, neoclásica, folclórica y contemporánea ostentan la prioridad; mientras que géneros como el hip-hop, urbano, árabe, breakdance o samba no cuentan con el mismo apoyo y divulgación de las instituciones gubernamentales.

La visibilidad entre unos estilos de danza y otros tiene una fuerte relación con el grado de institucionalización, donde aquellos que surgieron lejos de academias y élites son demeritados. Aquellos estilos que nacieron como espectáculo para las cúpulas de poder y que no incomodan los cánones estéticos occidentales han ocupado mayor espacio y, en el presente, gozan de mayores incentivos que el resto de los géneros.

Finalmente, la precariedad y segregación bajo la cual se desempeñan miles de bailarines, coreógrafos y directores expone la urgencia de debatir de nueva cuenta la diversidad en los espacios institucionales, así como los incentivos para todos los estilos de danza. Lo anterior con la finalidad de brindar un panorama multicultural a la escena y dignificar el talento, disciplina y pasión de quienes día a día entregan técnica, alma y energía en los escenarios. Es necesario impulsar el potencial de quienes a contracorriente han traspasado barreras con sus pies.

*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead

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