Verdad es que no hay mejor crítica al poder que la del sentido del humor y que su mejor expresión es la caricatura política, en imagen y palabras. No es casualidad que entre sus más grandes críticos se encuentren dos escritores dotados de un refinado sentido del humor. Me refiero a Jorge Ibargüengoitia y Guillermo Sheridan. Ya no digamos el sarcasmo de Quevedo o la elegante ironía de Chesterton. El humor no es chistoso, es una forma de ver y de estar el mundo.
También es verdad que no hay mejor colaborador a la imaginación del caricaturista que el poderoso convertido en humorista involuntario, cuando pretendiendo ser solemne se torna ridículo; queriendo ser chistoso se muestra patético. Si observamos con calma lo que expresa el trágico humor de sus hechos y dichos nos topamos con el absurdo: las construcciones no se caen, se deslizan al piso; las personas no se mueren, dejan de vivir; tampoco desaparecen, se cuentan mal. Un humor patriotero que acusa de traidores a quienes no se someten a la voluntad del Supremo; que alcanza la perversidad al acusar a los padres de los niños con cáncer de ser golpistas por pedir medicina para sus pequeños. Humor cínico que afirma, con Shakira y la sensibilidad de un elefante en tienda de porcelana, que las mujeres ya no lloran en un México plagado de fosas comunes y mujeres buscando a sus hijos con valor, amor y lágrimas.
Y cuando creímos haber visto todo, nos llega un acto inimaginable. La presidenta celebra el día de la mujer rodeada de militares. Una escena que bien pudo salir de la mente genial de Chaplin; acaso de una película aún no filmada por Monte Pyton. En fin, esa ridícula solemnidad que hace las delicias de la mofa ciudadana.
Ahora bien, lo que provoca la cada vez más filosa crítica es la injusticia perpetrada, de palabra, obra y omisión, por la nomenclatura que finge gobernar México. Si la justicia es dar a cada quien lo que por derecho le corresponde, cada día constatamos cómo van arrancando pedazos de lo que por derecho natural le corresponde a la ciudadanía, más allá de lo declarado por la ley positiva. El último acto del patético humorismo es la pretendida reforma constitucional en materia electoral. Es de derecho natural que los ciudadanos de una república, incluso dentro de una monarquía, tengan la capacidad de gestionar sus relaciones sociales y políticas en libertad, y las elecciones han sido a lo largo de la historia uno de sus más importantes instrumentos. Y al golpe se suma la burla cuando, rodeados de militares, afirman que tal despojo se hace por el bien del pueblo. Que no se quejen entonces del humor cotidiano del ciudadano de a pie que glosa su solemne cinismo, su absurdo humor involuntario.
