La regla de oro que suelen seguir comúnmente los criminales, delincuentes o mafiosos es “negarlo todo”. Pase lo que pase, y sean las circunstancias que sean, esta máxima debe prevalecer junto con todas sus derivaciones: “no es verdad”, “yo no soy culpable”, “no sé de qué me hablan” y un largo etcétera.
Se comprende que en el mundo del hampa esta sea la primera y más socorrida fórmula para eludir la justicia, pero también –y más importante aún– para evitar las posibles represalias de la organización para la que se trabaja (la omertà de la Cosa Nostra precisamente plantea ese código de silencio).
Como era de esperarse, esta práctica negacionista no tardó en emigrar hacia la política y es, de hecho, la favorita de los gobiernos más corruptos del mundo. El de México es uno de ellos (no lo digo yo, lo dice Transparencia Internacional), y en consecuencia, en cada mañanera, en cada encuentro formal o informal con la prensa (la prensa que inquiere e investiga, desde luego) el primer acto reflejo del gobierno es negarlo todo, como les enseñó su gran jefe hoy en “retiro”.
Si hay decenas de miles de muertos y desaparecidos, o una mancha de petróleo gigantesca en las costas del Golfo, lo primero que se le ocurre a la presidenta de la República es negar los hechos. Cuando esto no es posible o la negación se viene abajo por la abrumadora evidencia de la realidad, entonces se recurre al Plan B (concepto caro en estos gobiernos de la Cuarta Transformación) que consiste en negar toda responsabilidad.
Al propio tiempo que se niega tajantemente responsabilidad alguna, se desliza siempre el nombre del verdadero culpable de casi todo: Felipe Calderón, un señor que fue presidente de México hace sus buenos años, pero cuya inagotable maldad sale a la luz cada vez que el gobierno morenista se tropieza con un grave problema.
Ahora bien, si de plano las cosas parecen salirse de control, quedan dos recursos más: el famoso “se va a investigar” y el muy retador e infalible “presenten una denuncia”. El primero es una jugada que sería magistral si no fuera porque la presidenta termina usándola todo el tiempo, aunque sigue siendo eficaz entre los medios adictos y sus seguidores más crédulos; equivale a que un asunto se va a resolver para las calendas griegas. El segundo es profundamente cínico y es la eufemística forma que tiene la presidenta para decirnos que alguien es intocable (v. gr. Adán Augusto Santiago, los hijos del presidente AMLO y otros más), porque sabe que el Poder Judicial de hoy jamás se permitiría encontrarlos culpables de nada. En el fondo lo que dice es “hagan la prueba”.
Sin embargo, muchas veces todo lo anterior falla y sólo queda hacer el ridículo. Véase si no el caso de la señora que se bronceó las piernas en una ventana de Palacio Nacional y cuya identidad (oficialmente) sigue siendo un enigma. Los sesudos comunicadores de la presidenta como el señor Jenaro Villamil y hasta una empresa que se llama Infodemia (supongo en plan de guasa), decidieron que nunca sucedió y que la imagen que circulaba era más bien un producto de Inteligencia Artificial. Ahora que se sabe, por boca de la misma presidenta, que efectivamente alguien decidió tomar el solecito en un alféizar del Palacio Nacional, se confirma que su equipo de comunicación nunca duda en llevar las mentiras hasta el ridículo.
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