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Democracia a la rusa: el espacio vital soberano

Hablar de democracia en Rusia obliga a salir del marco liberal clásico. El concepto de democracia soberana no describe una variante democrática, sino una lógica de poder que combina control interno y proyección geopolítica. Lejos de ser una anomalía, responde a una tradición histórica profundamente arraigada en la cultura política rusa.

Este modelo surge como reacción a dos traumas: el autoritarismo soviético y el caos del periodo poscomunista. Frente a ambos, el régimen de Vladimir Putin construyó un relato de restauración del Estado. La democracia no desaparece, pero se redefine: deja de ser un sistema de reglas universales y se convierte en una herramienta subordinada a la soberanía nacional. El valor central ya no es el pluralismo, sino la estabilidad.

Como explica Kirill Kortukov, la democracia soberana cumple tres funciones. Primero, actúa como un contrato social implícito: estabilidad y crecimiento económico a cambio de apoyo político. Cuando ese crecimiento se agotó, el pacto se reformuló en clave conservadora y nacionalista. Segundo, funciona como discurso de legitimación, desacreditando los valores occidentales y exaltando una identidad rusa basada en el centralismo y la unidad. Tercero, se traduce en prácticas concretas: concentración del poder, reglas electorales restrictivas y control de la sociedad civil, sin eliminar formalmente las elecciones.

Este esquema encaja con el autoritarismo competitivo. Rusia mantiene Parlamento, partidos y elecciones, pero bajo condiciones diseñadas para garantizar la supremacía del Poder Ejecutivo. La democracia existe, pero vaciada de contenido real.

La clave es que esta lógica no se limita al plano interno. Se proyecta hacia la política exterior mediante la idea de un espacio vital soberano, comparable —aunque sin componente racial— al Lebensraum alemán. La seguridad del Estado no se concibe sólo en términos jurídicos, sino estratégicos: controlar el entorno inmediato es visto como condición de supervivencia.

Aquí entra la teoría del Estado colchón. Históricamente, Rusia ha buscado interponer territorios entre ella y posibles rivales. Polonia cumplió ese papel entre Alemania y Rusia durante buena parte del siglo XX. Hoy, Ucrania ocupa ese lugar. Desde Moscú, una Ucrania alineada con Occidente no es sólo una decisión soberana, sino una amenaza directa a su profundidad estratégica.

Occidente cometió varios errores de cálculo. Uno de los más graves fue permitir que se instalara la expectativa de que Ucrania podría integrarse a la OTAN y a la Unión Europea, ignorando el significado estratégico de ese país para Rusia. A ello se sumó la subestimación del poder militar ruso y de la capacidad probada de sus servicios de inteligencia y espionaje para desestabilizar a otros Estados, tanto por medios militares como híbridos.

El resultado es un choque entre dos visiones del orden internacional. Mientras Occidente pensó en reglas, integración y disuasión limitada, Rusia actuó desde una lógica histórica de poder, soberanía y espacio. Ignorar esa lógica no la desactivó, simplemente hizo el conflicto más probable y sus consecuencias más profundas.