Félix M. de la Torre
La vida política ofrece, de tarde en tarde, ocasiones de excepción: momentos en los que es posible dar un paso al frente y desanudar las marañas que el ambiente ha acumulado. Demostrar que, aun en tiempos adversos y bajo hegemonías ingratas, un solo acto puede torcer la trayectoria. Ante tales coyunturas hay quienes aceptan el reto, alzan la voz y, con la combinación justa de frases, se instalan en la boca de todos, recordando a hostiles y aliados que la palabra es un instrumento eficaz para remover las aguas. Y hay quienes prefieren dar un paso al costado, apelar al apaciguamiento y cumplir con la presencia, una que no perturba a nadie. A este segundo papel fue orillado el canciller mexicano Roberto Velasco, un hombre formado en el delicado arte de no importunar al vecino.
El Debate General del 81.° período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas llegó en un contexto tirante que no propiciaba una intervención cómoda (unos días antes, en el mismo espacio, Trump calificó a México como el “epicentro” del narcotráfico), pero justo por ello se echó en falta algún guiño de carácter. El foro ha perdido credibilidad por la incapacidad de sus integrantes para contener los conflictos y hacer valer sus propias resoluciones (Ucrania, la guerra civil sudanesa y los conflictos en Medio Oriente son ejemplos vivos). Aun asi, conserva su valor como espacio para tomar aire, posicionar al país y tender puentes con nuevos aliados que refresquen el horizonte. México no necesitaba un discurso estridente tampoco, sí uno que aprovechara las circunstancias para defender intereses y dejar alguna idea que sobreviviera a la ceremonia. Velasco, en cambio, prefirió recurrir a los tropos del gobierno al que representa, en hacer diplomacia con la política interna del movimiento para el que trabaja.
No es culpa suya. Era previsible, dado el carácter de bajo perfil que la política exterior mexicana ha adoptado desde 2018, y de la que él es producto. Así lo reveló un discurso anquilosado en un puñado de temas, hábil para esquivar los espinosos. Aunque los secretarios de Estado están atados a la estructura que los llevó al cargo y a la voluntad de quien los nombra, de un canciller se precisa algo más que obediencia guinda: el criterio para convertir las directrices de su jefa en una posición diplomática con sentido, capacidad de defender los intereses del país y leer las circunstancias más allá de las consignas domésticas. Incluso cuando habla en nombre de la presidenta, debería quedar un rastro de ese oficio, o cuando menos una frase memorable. Esta vez no fue así.
La ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum en la sesión ya decía cómo ve México el evento: más como un campo minado que como una oportunidad, un terreno donde, según la cosmovisión del gobierno, hay más que perder que ganar, por lo que termina por estrechar las miras. Tras la apología del multilateralismo, esa palanca con que la política exterior mexicana ha impulsado históricamente sus ideales en medio del caos geopolítico y pese a su debilidad relativa, en el gobierno de Sheinbaum queda una prioridad más modesta: evitar que cualquier pronunciamiento levante polvo en relaciones bilaterales de importancia estratégica.
De ahí que la mayor parte del tiempo de Velasco en tribuna se fuera en hablar de transformaciones, en repetir los lugares comunes de la diplomacia mexicana y en enumerar los atributos cursis en los que el gobierno se reconoce. Durante sus días en Nueva York, el canciller sostuvo que su administración no mira el mundo en términos de poder, y ante la asamblea recalcó que todos los Estados son iguales ante el derecho. Hablaba otra vez a la galería, y obviaba que esa igualdad es, en buena medida, una ficción institucional. La igualdad jurídica entre los Estados es indispensable, pero no basta para comprender las relaciones internacionales.
En la práctica, la soberanía está ligada al poder económico, militar y político, y los Estados no tienen la misma capacidad para defender sus intereses ni para hacer valer sus decisiones. El manejo de la política exterior consiste precisamente en entender esa diferencia. La propia Organización de las Naciones Unidas desmiente cualquier ilusión de simetría: cinco países poseen veto permanente en el Consejo de Seguridad. Lo sensato sería aceptar que el orden internacional parte de una mezcla caótica de igualdad jurídica, jerarquías y capacidades repartidas de manera desigual. Una realidad desafiante ante la que hay que trabajar, en vez de recurrir a premisas consoladoras.
Quiero pensar que el canciller Velasco lo sabe, y que el wishful thinking es apenas una forma de salir del paso. Pero, aun así, el argumento queda en evidencia. Los hechos ocurridos en los últimos años no casan con los emblemas del posicionamiento oficial: una política exterior “soberana e independiente” y el principio de “cooperación sin subordinación”. Que una decisión sea formalmente soberana no significa que se haya tomado al margen de las relaciones de poder. Basta observar cómo Estados Unidos ha recurrido a la presión comercial para inducir ajustes en las decisiones mexicanas sobre migración, seguridad o, en tiempos más recientes, el envío de petróleo a Cuba. En este último caso, la suspensión del envío de hidrocarburos con dificultades se puede presentar como el fruto de una postura independiente: fue, más bien, una decisión racional ante la presión ejercida por un actor cuya importancia estratégica para México, por su peso económico y geopolítico, resulta difícil de soslayar.
La contorsión del canciller se delata también en lo que dijo y en lo que prefirió callar. Habló de Palestina y de la solución de dos Estados, además de reiterar el reconocimiento mexicano, pero sin nombrar a Israel ni sus arremetidas destructivas de los últimos años, como quien evita tocar a un ogro con el pétalo de una rosa. Condenó, con supuesta firmeza, las “medidas económicas unilaterales” contra Cuba, pero cuidó de no pronunciar el nombre de Estados Unidos.
Ésa es la política del susurro: una política en la que México evita hablar de frente ante las potencias económicas y militares y convierte la tibieza en virtud. Un país como México necesita precisamente de la diplomacia para ampliar el margen que su peso material no siempre le concede. Las argucias de Velasco son, en todo caso, un recurso eficaz: no incomodan a nadie, cosechan aplausos aquí y allá (más afuera de la sala, donde quedaba poca gente al ser relegada su participación fuera del horario estelar) y permiten seguir otra temporada en nómina.
Roberto Velasco es un hombre correcto, educado y genuinamente parece una buena persona. Espero que su actuar diario, condicionado por todo aquello que lo supera, le provoque aún un tumulto en el corazón (un síntoma íntimo que le recuerde que su independencia intelectual sobrevive todavía por ahí). Es un ejecutor competente que, fuera de los reflectores, realiza una labor decente y, en ese sentido, no hay mucho más que decir de él ni, tampoco, que pedirle. Lo que su discurso invita a pensar es qué representa la política exterior para el gobierno de Claudia Sheinbaum, más presente y vocal en el escenario internacional que su predecesor, pero igualmente quieto en su sitio: un árbol anquilosado, mas danzante, que retrocede mientras parece avanzar y ha llegado no sé si para siempre.
*Félix M. de la Torre. Internacionalista jalisciense, retirado del servicio público desde hace dos décadas. Radicado en la Ciudad de México, sobrevive de la venta paulatina de su biblioteca y de algunas clases particulares de literatura e historia a estudiantes de preparatoria.