Entre el domingo y el lunes ocurrió algo interesante. La presidenta Claudia Sheinbaum y el embajador estadounidense, Ronald Johnson, hablaron prácticamente del mismo país, pero parecía que describían lugares distintos.
Desde el Monumento a la Revolución, la presidenta habló de soberanía, independencia y del derecho de los mexicanos a decidir su propio destino. Horas después, el embajador respondió que la lucha contra los cárteles debe unir a ambos países y que convertir la seguridad en una discusión política significa perder tiempo valioso.
Los dos mensajes fueron cuidadosamente diseñados. Los dos buscan influir en la opinión pública. Los dos tienen destinatarios específicos. Pero lo más interesante es lo que revelan sobre el momento que vive México.
En realidad estamos viendo una disputa por definir cuál es el principal problema nacional.
Para la presidenta, el tema central es la soberanía. El mensaje fue claro. México toma sus propias decisiones y no acepta presiones externas. No es una narrativa nueva. Forma parte de la historia política mexicana y suele encontrar terreno fértil en una sociedad que ha convivido durante décadas con una relación compleja frente a Estados Unidos.
Del otro lado, el embajador evitó entrar en confrontaciones diplomáticas. No discutió soberanía. No cuestionó a la presidenta. No habló de intervencionismo. Prefirió colocar nuevamente el reflector sobre los cárteles, la corrupción, la intimidación y el miedo que generan las organizaciones criminales. En pocas palabras, cambió el tema de la conversación.
La diferencia entre ambos discursos no es menor. Uno habla de quién decide. El otro habla de quién intimida. Uno busca fortalecer una narrativa política. El otro una narrativa de seguridad. Uno pone el énfasis en la relación entre gobiernos. El otro en la amenaza que representan las estructuras criminales para ambos países.
Cada uno habló para su audiencia, pero también para sus propios problemas.
La presidenta enfrenta un contexto cada vez más complicado derivado de las imputaciones, investigaciones y señalamientos que han colocado nuevamente a Sinaloa y a la relación entre política y crimen organizado en el centro del debate nacional. Washington, por su parte, intenta mantener la atención sobre los grupos criminales y sobre la necesidad de cooperación bilateral para combatirlos.
Sin embargo, existe un tercer discurso que rara vez aparece en los eventos multitudinarios o en los comunicados diplomáticos. Es el discurso de millones de ciudadanos que observan esta discusión desde una realidad mucho más simple y mucho más dura.
La inmensa mayoría de los mexicanos no se despierta pensando en disputas diplomáticas. Se despierta pensando cómo llegar al final del día sin convertirse en víctima de un delito. Piensa en la extorsión que amenaza su negocio, en la carretera que evita recorrer por miedo, en el familiar desaparecido que sigue esperando encontrar o en los hijos que salen de casa con la esperanza de regresar sanos y salvos.
Por eso la diferencia entre ambos mensajes resulta tan reveladora. Mientras unos discuten soberanía y otros discuten cooperación internacional, millones de ciudadanos siguen atrapados en una batalla mucho más cotidiana contra la violencia y la impunidad.
La soberanía importa. Claro que importa. Ninguna nación seria puede renunciar a ella. Pero tampoco existe soberanía plena cuando un comerciante paga piso, cuando una familia vive con miedo o cuando una organización criminal decide quién puede abrir un negocio, circular por una carretera o aspirar a un cargo público.
Quizá por eso el verdadero debate no debería concentrarse en si la amenaza principal viene de Washington o de cualquier otro lugar. La discusión debería comenzar por reconocer que el Estado mexicano no puede darse el lujo de perder terreno frente a nadie. Ni frente a gobiernos extranjeros ni frente a los grupos criminales que llevan décadas disputándole el control de regiones completas del país.
Porque un país no pierde únicamente soberanía cuando alguien intenta influir desde afuera. También la pierde cuando el miedo termina gobernando donde debería gobernar el Estado.
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