Pues sí. Es que el chiste se cuenta solo. La Suplente habla acerca del huachicol y le parece verdaderamente gracioso.
Aquí entran barcos cargados de combustible registrado como otra cosa, circulan millones de litros, aparecen pipas, empresas, permisos, facturas, aduanas, funcionarios y militares. Hijos del movimiento. Amigos del movimiento. Nadie sabe nada. Nadie vio nada. Nadie pertenece a nadie. Babalú. Que risa. Vaya puntadón. Ni Polo Polo.
Y además, La Suplente también se carcajea de que quieran relacionarlo con su partido.
“Ese es el chiste”, dijo.
Y por una vez, estamos de acuerdo.
Ahí está la gracia para ella.
Porque durante en los años que ha existido el huachicol, el desfalco al país ha sido extraordinario y al final, lo único que le importa a La Suplente es el mensajero. El que le pregunta. Cómo se atreve. No puede tener información de nada, porque ni ella la tiene. Llegar en blanco a su mañanera y hacerse la enojada. “Están haciendo el informe” dijo. Y aunque sabemos que después gritará “¡Jesús! ¡Alguien!”, ella enfrente de las cámaras, es para morirse de la risa. No es risa nerviosa. Realmente le hace gracia.
Porque ella sabe que el chiste es que las aduanas estuvieron en manos de quienes debían limpiarlas y terminaron convertidas en el escenario de uno de los mayores escándalos del sexenio anterior. Y de este. Porque la operación “Saqueemos al país” sigue.
A carcajadas.
El chiste es que cuando aparecen nombres incómodos, relaciones políticas, funcionarios, empresarios cercanos o personajes vinculados al movimiento, la culpa adquiere una extraordinaria capacidad para viajar lejos. Nunca vive en Palacio. Nunca milita en Morena. Nunca conoce a nadie importante de los suyos. Porque de los otros, son todos. La corrupción mexicana es muy independiente. Y muy convenenciera. Pero súper graciosa. Súper sentido del humor.
La Suplente tiene además una ventaja formidable aparte de mantenerse en su pedestal y que nadie ni nada la toque. Puede presumir que su gobierno está investigando lo ocurrido durante el gobierno del hombre que la puso ahí y que simultáneamente, se defienda que aquel gobierno no tuvo nada que ver. Es juez y parte. Para reírte por horas.
Eso sí tiene mérito.
Es como llegar a una casa inundada, encontrar abierta la llave del agua y felicitar al dueño anterior por haber dejado el trapeador a la mano.
Pero la parte verdaderamente divertida es la oposición. Porque, según La Suplente, no tiene proyecto de nación y por eso inventa historias.
Puede ser. También son muy cómicos.
Lo curioso es que últimamente las historias vienen acompañadas de expedientes, decomisos, detenciones, empresas, cuentas y combustible. Recomendaciones del vecino del norte. Acusaciones de injerencias y preocupaciones por déficits ocultos.
Antes los chistes se contaban en sobremesas. Ahora requieren agentes del Ministerio Público sin sentido del humor. Y eso a veces. Muy pocas veces. Casi nunca pues.
Ese es el chiste.
Que el régimen que llegó prometiendo acabar con la corrupción terminó perfeccionando una modalidad mucho más sofisticada. La corrupción que existe, pero no le pertenece a nadie. Nadie está acusado de nada. Todos los culpables son invisibles. O muy payasos, porque a La Suplente le da mucha risa todo lo que dicen.
Si aparece un funcionario, claro que actuó solo. Si aparece un empresario, abusó de la confianza. Si aparece un militar, será investigado. Si aparece un político, no representa al movimiento. Y si aparecen todos juntos, seguramente es una campaña de la derecha.
Aquí nunca hay sistema. Sólo coincidencias.
La Suplente sonríe, descalifica la pregunta y continúa la mañanera después de interrogar al reportero. El truco consiste en discutir quién denuncia el incendio para no explicar quién dejó los cerillos a la vista.
Quizás por eso dijo “ese es el chiste”. No lo es, Presidenta.
Porque nada es más trágico que un mal chiste, que además está muy mal contado…
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