...

Información para decidir con libertad

El ciudadano que le conviene al poder

La ciudadanía no se ejerce cada tres años. Se ejerce, o se abandona, todos los días.

Al poder le conviene un tipo específico de ciudadano: uno reducido a lo mínimo. Alguien que aparece en las urnas, marca una boleta y regresa a su vida. Un ciudadano con presencia intermitente y sin incidencia real. Lo público queda lejos, las decisiones, los presupuestos y las instituciones, como si no nos correspondiera. Nos dejaron esa versión, la cáscara de la ciudadanía, y le quitaron el contenido.

El mecanismo es simple: darle al ciudadano un lugar claro, acotado y aparentemente suficiente. Usarlo para obtener legitimidad y nada más. Al vaciarlo de su dimensión política, no la partidista, sino la más básica, la capacidad de pensar lo público como propio, de deliberar e incidir, el ciudadano deja de ser actor y se convierte en espectador. Quien no participa no deja de ser gobernado. Solo deja de influir.

Lo más eficaz fue convencernos de que participar ensucia. Que es mejor mantenerse al margen y conservar cierta pureza. Hoy hay incluso un orgullo en declararse apolítico, como si eso implicara independencia o integridad. No es así.

Apolítico no es neutral. Es una posición política que deja intacto el estado de las cosas. No participar no te saca del sistema, te vuelve funcional a él, te convierte en uno de sus principales cómplices.

Mucha gente confunde apartidista con apolítico. No es lo mismo. Ser apartidista es una forma legítima de independencia. Ser apolítico es renunciar a intervenir en lo que también te afecta, y sobre todo en lo que afecta a quienes no tienen el privilegio de desentenderse.

Participar no es solo votar o marchar. Implica buscar los espacios donde se toman decisiones, entenderlos, exigir explicaciones e incidir. Cuando esos espacios no existen o están cerrados, toca algo más incómodo: construirlos.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp