...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

El costo social de la “productividad”

Salían los dos, papá y mamá, antes de que amaneciera, dejando la casa en silencio y a los hijos en una rutina que no eligieron.

Si bien les iba, se quedaban con la abuela; si no, uno terminaba cuidando al otro, comían lo que había —a veces mal, a veces tarde— y hacían la tarea como podían, mientras la atención y el acompañamiento se volvían un lujo que no alcanzaba.

Del otro lado estaban las jornadas largas, de 10, 11, 12 horas, que no solo agotaban el cuerpo sino también la paciencia, porque no había espacio para hacer ejercicio, ni tiempo para una actividad personal, ni margen para nada que no fuera resistir el día.

Y ese desgaste, inevitablemente, empezó a notarse en casa.

Madres y padres más irascibles, más impacientes, con menos tolerancia, no porque quisieran ser así, sino porque el cansancio les fue quitando la capacidad de escuchar, de explicar, de acompañar; y en ese proceso, casi sin darse cuenta, dejaron de conectar.

Primero llegó el enojo fácil, después el silencio, y más tarde una distancia que no siempre se ve, pero que se instala y termina por volverse costumbre.

Hoy que México avanza hacia la jornada de 40 horas, la discusión se ha centrado en el costo para las empresas —ajustar turnos, reorganizar procesos, producir distinto—, pero poco se habla del costo que durante años hemos asumido como sociedad al sostener este modelo.

Porque lo que se ha ido perdiendo no es menor: hogares cansados, vínculos debilitados y una convivencia que, poco a poco, se fue apagando.

La Organización Internacional del Trabajo ha advertido que las jornadas extensas afectan la salud mental, elevan el estrés y deterioran la vida familiar, y en contextos como el nuestro eso no se queda en lo privado, sino que termina convirtiéndose en un problema social.

Porque cuando en casa no hay presencia, ni escucha, ni contención, ese espacio no queda vacío: alguien más lo ocupa.

A veces son amistades que acompañan, pero otras son compañías que arrastran, y es ahí donde el consumo de drogas, la necesidad de pertenecer y la búsqueda de identidad encuentran terreno fértil, no como destino inevitable, pero sí como un riesgo que crece cuando el vínculo familiar se debilita.

Detrás de todo eso hay una frustración silenciosa que pesa: la de madres y padres que sienten que no alcanzan, la de hijas e hijos que crecen sin entender esa ausencia, y la de familias que comparten un mismo espacio, pero ya no una misma vida.

Incluso los datos reflejan una contradicción incómoda: según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, México es de los países que más horas trabaja y, al mismo tiempo, de los menos productivos por hora, lo que evidencia que trabajar más no necesariamente significa vivir mejor.

Por eso, reducir la jornada a 40 horas es un paso necesario, pero no suficiente.

El verdadero reto empieza después, cuando ese tiempo regrese y tengamos que decidir qué hacer con él, porque también nos hemos acostumbrado a la distancia, a la vida individual y a convivir poco, incluso cuando estamos cerca.

Volver a conectar no será automático; implicará reaprender a estar, a escuchar sin prisa, a convivir sin enojo y a reconstruir vínculos que llevan tiempo debilitándose.

Porque si no hacemos ese esfuerzo, podemos trabajar menos horas… y seguir perdiendo lo más importante.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp