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El cuervo en el hombro de Diego Rivera

Sería cómico si no fuera trágico. Pero en Tequila, Jalisco, hace tiempo que la risa dejó de ser opción. La llamada Operación Enjambre, con la que el gobierno federal dice combatir la corrupción en los gobiernos locales, desvió por un momento la mirada del Estado de México y la posó sobre un municipio que, hasta el jueves 5 de febrero, era gobernado por un archiduque emanado de las filas de Morena.

El tema es que Tequila no es cualquier municipio. Es marca país. Es la palabra que aparece en la cabeza de millones de personas en el mundo en cuanto escuchan “México”, incluso antes que mariachi, sombrero o Día de Muertos. Y, sin embargo, ese símbolo nacional llevaba meses —quizá años— con un cuervo posado en el hombro del municipio: un ave negra, incómoda, evidente, que todos veían y pocos se atrevían a nombrar.

Desde el inicio de su administración, Diego Rivera Navarro se instaló en el escándalo por una forma muy particular de ejercer el poder. Él no gobernaba: mandaba. Tampoco dialogaba: imponía. Su estilo era autoritario, violento y opaco, como si el municipio fuera una extensión de su voluntad y no una responsabilidad pública.

Desde principios del año pasado, el alcalde que se asumía intocable acaparó titulares nacionales: intentó cobrar impuestos a turistas, transformó un museo patrimonial en oficinas de gobierno —y de paso, en su casa— y respondió con altanería y amenazas cada vez que alguien se atrevía a cuestionarlo.

En la Región Valles, los comunicadores lo describían con un adjetivo recurrente: “difícil”. Difícil frente al micrófono y sin él. Difícil porque se exasperaba, porque exigía preguntas aprobadas previamente, porque no toleraba el escrutinio. Con Rivera al frente, la transparencia nunca fue prioridad, era un estorbo.

La soberbia alcanzó niveles grotescos en junio de 2025, cuando la Policía Municipal detuvo a un camarógrafo del medio N+ cuyo “delito” fue documentar la clausura del museo que el alcalde había modificado sin dar una sola explicación al INAH. Rivera ordenó su liberación hasta que el abuso escaló a noticia nacional.

Mientras tanto, en voz baja, los habitantes de Tequila comenzaron a decir lo que ya era evidente: salir de noche dejó de ser sinónimo de seguridad. Las patrullas oficiales desaparecían y su lugar era ocupado por camionetas con hombres armados. El silencio se volvió norma. El miedo, rutina.

El municipio emblema de México estaba impregnado por el crimen organizado, y la gravedad de eso parecía no mover a nadie en el poder.

De esta forma, no es casualidad que ese ambiente terminara por atraer la atención federal. Morenista o no, Diego Rivera dejó de ser sólo un alcalde extravagante cuando las denuncias por extorsión a empresas cerveceras y tequileras comenzaron a acumularse. Pero cruzó una línea imperdonable cuando, a finales de 2025, clausuró la planta 1800 de Tequila Cuervo.

Ahí, el cuervo dejó de ser metáfora. El ave ya no era un grupo armado, sino una empresa emblema y con vara alta en Presidencia.

Al colocar los sellos, Rivera se metió con Juan Domingo Beckmann, y el empresario no tardó en mover fichas ni en hacer la llamada correcta, directo a Altagracia Gómez Sierra, asesora empresarial clave de Claudia Sheinbaum y figura central del llamado “segundo piso” de la cuarta transformación.

Por eso su detención no sorprendió. Lo que sí lo hizo es que haya sido ejecutada por el gobierno federal cuando en Jalisco ya existían carpetas de investigación abiertas. A la Federación poco le importó descabezar el municipio referente del estado cuna del mariachi y, precisamente, del tequila.

Ahora, el gobierno de Jalisco corre a apagar el incendio con mesas de trabajo, programas sacados de la bolsa y llamados a la gobernabilidad. Pero el principal aliciente no parece ser el bienestar de la gente de Tequila, sino la urgencia de limpiar la fachada rumbo al Mundial, de evitar que el reflector internacional apunte a un Pueblo Mágico capturado por el crimen.

En suma, la caída de Diego Rivera es la consecuencia lógica de un poder ejercido sin freno, sin contrapesos y con una soberbia mal calculada. En Tequila, el archiduque cayó. El cuervo, sin embargo, sigue ahí. Y la pregunta incómoda no es quién lo vio, sino cuántos prefirieron fingir que no existía, hasta que el escándalo se volvió inevitable.