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El extraño acuerdo México-Estados Unidos

Como nunca tal vez en nuestra historia, lo que más debería acercar a los gobiernos de Claudia Sheinbaum y el de su homólogo Donald Trump es lo que más los divide: la extensa frontera que comparten nuestras naciones. Porque en lo ideológico, contra lo que pudiera pensarse, mantienen una gran afinidad y proximidad: a ella no le gusta la independencia del Poder Judicial, la prensa libre o los órganos electorales autónomos, a él tampoco; a ella no le gustan las reglas democráticas, ni la rendición de cuentas, a él menos; a ella no le gustan las mujeres que no son de su partido y que protestan por todas las tragedias que viven a diario, y a él sólo las que lo obedecen en todo.

Si no fuera porque Trump le debe rendir cuentas a sus electores a expensas de México (con la captura de grandes capos dedicados a la introducción de fentanilo a EU o con la expulsión de miles de migrantes mexicanos) la presidenta mexicana sería tal vez más “encantadora”, mejor “persona” y tendría incluso la voz más “hermosa”; pero como se cruzan las promesas electorales que hizo, el magnate presidente debe anteponer muchas acciones, cada vez más rudas, a su imposible romance populista.

El más reciente desaire de Trump enciende todas las alarmas en torno de la posible intervención directa de Estados Unidos en México para capturar o eliminar a los jefes del narcotráfico. Lo dicho por el mandatario estadounidense ante presidentes y ministros de defensa en una reunión a la que no fue invitada la presidenta Sheinbaum no deja mucho margen a las dudas:

“Como parte de nuestro compromiso para contrarrestar la presencia de los cárteles en la región, debemos reconocer que el epicentro de la violencia de los cárteles es México (…) son responsables de gran parte de las matanzas y caos y el Gobierno de Estados Unidos hará lo que sea necesario para defender a nuestra nación y proteger a nuestro pueblo (…) Tenemos que erradicarlos, tenemos que acabar con ellos [la situación] está yendo a peor y son los cárteles quienes mandan en México”.

Y como de costumbre, la presidenta Sheinbaum –en una más de sus mascaradas matutinas– se niega a acusar recibo. Le preguntan si fue invitado el gobierno mexicano y responde, fingiendo absoluta seguridad: “No, no fuimos invitados. Pero no necesitábamos ser invitados, porque nosotros tenemos ya un acuerdo con Estados Unidos”.

Según esta lógica los gobiernos que asistieron a esa reunión son los que sí necesitaban estar presentes; nosotros, caso muy especial suponemos (junto con Colombia y Brasil), no teníamos necesidad “porque tenemos ya un acuerdo con EU”.

¿Qué clase de acuerdo es este donde constantemente el gobierno de México es señalado como uno controlado por el crimen organizado por su principal socio? ¿Qué tipo de acuerdo se tiene cuando la otra parte reconoce cooperación y algunos resultados, pero sobre todo manifiesta su gran insatisfacción porque todo “está yendo a peor y son los cárteles quienes mandan en México”?

Debe ser el acuerdo más extraño del planeta. Sobre todo porque deja abierta la puerta para que suceda, precisamente, lo que sólo la presidenta Sheinbaum (porque no fue invitada) considera que no está acordado y que no puede ocurrir.