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El fin de la diplomacia de caballeros

Durante meses, Washington lanzó advertencias que México decidió no escuchar. A través del embajador Ronald Johnson, congresistas y del propio presidente Trump, se habló de narcopolítica, de corrupción institucional, de funcionarios que operaban como facilitadores del crimen. La clase política mexicana respondía con notas diplomáticas y frases sobre soberanía. El juego parecía conocido: presión, protesta, pausa.

Ese juego terminó.

El caso Rocha Moya no es una sorpresa ni un exceso. Es la ejecución de una doctrina que Washington construyó con paciencia quirúrgica: desde febrero de 2025, designó a los cárteles como organizaciones terroristas, por lo tanto cualquier funcionario que los proteja deja de ser un interlocutor político para convertirse en objetivo de seguridad nacional. El salto es brutal en sus consecuencias: ya no se trata de combatir capos, sino de desmantelar la red institucional que los sostiene.

El indictment del Distrito Sur de Nueva York, certificado el 23 de abril, que soporta la solicitud de aprehensión, lo dice sin eufemismos: el gobernador de Sinaloa no solo recibió apoyo electoral de Los Chapitos. Se reunió con ellos bajo resguardo de sicarios armados, colocó funcionarios corruptos en cada estrato de la seguridad estatal y permitió que la policía de Culiacán operara como brazo armado del cártel.

La visa retirada hace un año fue la primera señal. El aviso de que se operaría contra narcopolíticos fue el aviso más reciente. La acusación formal es la sentencia de inhabilitación internacional que la clase política no supo leer a tiempo.

Conviene entender la magnitud de lo que se está operando bajo la mesa. Migramos de la diplomacia de caballeros a una etapa de intervención. Nota importante: intervención no es sinónimo de ocupación militar: es un monstruo de varias cabezas que atrapa y estrangula. Económica, mediante aranceles que Washington ya declaró permanentes. Comercial, a través de un T-MEC que dejó de ser un tratado de libre comercio para convertirse en instrumento de coerción institucional. Financiera, vía una OFAC que demostró sus alcances al intervenir bancos y sancionar redes enteras de lavado. Y cinética, con agencias de inteligencia y fuerzas especiales estadounidenses operando en territorio nacional, ya sin protocolo ni disimulo.

México enfrenta una reconfiguración bilateral sin retorno inmediato. Washington ya decidió con quién habla y con quién no. El caso Rocha Moya no es el clímax de esta historia. Es el anuncio de lo que viene.

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