Ángel Jaramillo Torres
No siempre es el caso que el cambio de un siglo a otro (de hecho, de un milenio a otro) indique una transformación en el Zeitgeist. Dos años son paradigmáticos: 1999, en el que arribaron al poder Vladímir Putin en Rusia y Hugo Chávez en Venezuela, y el 2001, cuando ocurrieron los ataques terroristas contra blancos insignes en Nueva York y Washington perpetrados por el fascismo islámico.
En cuanto a lo primero, no se puede entender el crecimiento de la derecha radical y antidemocrática en Europa sin la propaganda diseñada en Moscú. La guerra híbrida estará conectada para siempre con Vladímir Vladimírovich Putin y sus teólogos de ojos inyectados. Tampoco se puede comprender la expansión del proyecto bolivariano durante los primeros lustros del siglo XXI sin la llegada al poder del chavismo. La izquierda que representó el así llamado bolivarismo es diferente en términos filosóficos del régimen castrista, pues este último es fundamentalmente una rama de la revolución bolchevique. Curioso destino del marxismo: de Moscú a la Habana, sin nunca haber transitado por las zonas donde se supone que el capitalismo llegaría a tal desarrollo que sus contradicciones lo llevarían al colapso.
Para entender al chavismo y lo que representa habría que estudiar el pensamiento de su mayor teórico: Ernesto Laclau. Abrevando de algunas ideas de Jacques Derrida y de ciertos planteamientos del jurista de Plettenberg, Carl Schmitt, Laclau confeccionó una propuesta que él mismo no ha tenido empacho en denominar populismo. Pretendió utilizar al insigne teólogo político nazi para impulsar un proyecto de izquierda. No sería la primera vez que se intentó convertir a un pensador de derecha en uno de izquierda. Antes que Laclau lo hicieron, por un lado, Michel Foucault y, por el otro, Gilles Deleuze, al plantear que el pensamiento de Nietzsche podía avenirse con el marxismo. Claro está que ni Nietzsche ni Schmitt habrían visto con buenos ojos la manipulación de sus ideas para fines que ellos habían censurado. Tampoco Marx, por cierto.
La otra fecha fundamental fue el 11 de septiembre del 2001. No creo que se entiendan bien todavía las causas y repercusiones de las acciones de al-Qaeda que llevaron al colapso de las Torres Gemelas en Manhattan y de una parte del Pentágono en Washington D.C. Es claro que estos actos tomaron por sorpresa a buena parte de los así llamados expertos en el Medio Oriente. Muy pocos entre ellos se habían enfocado en la metástasis de ideas a la vez político-teológicas y fascistas dentro de lo que se conoce como la Umma, al menos desde la Segunda Guerra Mundial. Quizás debamos adjudicar esta amnesia a la popularidad entre los estudiosos del Islam y del Medio Oriente que tiene Edward Said. Su libro Orientalismo no les permitió orientarse a quienes querían entender la nueva amenaza contra la humanidad que no procedía de los “colonialismos” occidentales, sino del interior de la fe en Alá.
El mensaje que enviaron Mohammad Atta y sus compañeros debería de haber sido claro para quien quisiera oír: la teología política estaba de regreso y la era moderna fundada en la razón ilustrada parecía un arlequín caminando sobre una delgada cuerda sobre el abismo. Lo que los franceses denominan “le retour de Dieu”, o el regreso de lo divino, resultaba ser el sino de nuestros tiempos.
Es tentador afirmar que el populismo del siglo XXI es un intento de volver a poner en circulación los planteamientos que —se supone— la ilustración liberal había superado: la teocracia, el fascismo y el bolchevismo en sus diversas facetas, como el maoísmo en China, que no se puede entender sin la interpretación que hizo Lenin de Marx, aunque fuera sólo para negarlo. Así las cosas, la gran pregunta que nos debemos hacer es si el mundo liberal —con sus instituciones republicanas y democráticas— es más robusto hoy de lo que lo fue, digamos, durante la Alemania de Weimar antes del arribo del nazismo. La respuesta a esta interrogante dependerá de ciertas batallas que se libran a nivel geopolítico e ideológico en la actualidad. La disputa por Ucrania es decisiva y enfrenta a una Europa —cada vez menos confiada en lo que representa en la historia humana— contra la Rusia de Putin y su planteamiento tiránico fundado en la ideología del eurasianismo.
En Asia, la querella es por Taiwán, un país liberal y democrático, que ha probado que la ruta china hacia el bienestar y el desarrollo no pasa por el Politburó en Beijing. Otro centro neurálgico en esta disputa entre cosmovisiones políticas es el Medio Oriente, donde la única democracia liberal en la región, Israel, se enfrenta al desafío de lidiar con el fascismo islámico, así como con sus propios demonios autoritarios y teológicos.
Debido a la existencia de armamento que puede destruir la vida humana sobre la Tierra, lo que está en juego hoy es mucho más crítico que aquello a lo que se enfrentó la Europa de principios del siglo XX. Más nos vale fortalecer el paradigma liberal contra las nuevas visiones totalitarias, tiránicas y teológicas que buscan hacer realidad la hegemonía de la barbarie. En eso se nos va la vida.
*Ángel Jaramillo Torres. Escritor, internacionalista por el Colegio de México y doctor en Ciencia Política por la New School for Social Research. Es miembro del Consejo Consultivo de Letras Libres y miembro del Comexi. Su más reciente libro es Donald Trump y la Rebelión en la Granja (Penguin Random House, 2026).
@AngelJa66608581