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El INE, al altar de muertos de Palacio

Los otros muertos. Impresionante, en las arcadas de un corredor de Palacio, la ofrenda presentada ayer por la presidenta. En las imágenes de los medios no se distinguen los detalles, pero quizás aparecen allí próceres, de la primera a la cuarta transformación. Y es que no alcanzarían los corredores de las tres plantas de Palacio para recordar a los cientos de miles de muertos en los ocho años del régimen, entre los decesos evitables de la pandemia y los surgidos de fosas comunes, o que permanecen allí, como saldo del descontrol (pactado o no) de los cárteles. Y están los desaparecidos. Todos, seguramente recordados ayer por familiares desolados.

A la fosa común. En ese imaginario sobrepoblado altar de muertos de Palacio, un salón especial tendría que abrirse en el futuro para la Constitución despedazada, con todo y sus instituciones, normas y valores que sustentaron la democracia y el Estado de derecho. Allí cabrían el Poder Judicial y los órganos constitucionales autónomos ultimados en los últimos años. No tardará en consumarse la muerte lenta del INE, primero corrompido con adictos, para luego justificar su depósito en alguna fosa común, de donde habrá que rescatarlo para el salón de las instituciones masacradas.

Milagro de la memoria. En las calles terminaron los desfiles. En los panteones, las convivencias. En las moradas perdurarán, unos días, flores y altares. Conmueven esos minúsculos sagrarios hogareños donde hijas, hijos, con sus familias, entre miradas de curiosidad de nietas y nietos, sacan del olvido, por unas horas, a familiares y seres queridos. Allí se suele operar uno de esos milagros de la memoria, en que los más jóvenes son impelidos a ‘recordar’ antepasados que no conocieron en vida. Una liturgia que, llegado su momento, esos jóvenes repetirán con sus descendientes… si perdura esta guerra sin fin contra el olvido.

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