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El Mundial

En teoría, ya viene la fiesta. Y no cualquiera, es la fiesta global del futbol. El deporte nacional. El que une familias o diluye parentescos. Habrá miles de turistas felices, camisetas de todos los colores, hartas cervezas en mano y ese entusiasmo ingenuo que hace pensar que el planeta entero puede convivir durante 90 minutos sin odiarse hasta los golpes.

Y México orgullosamente será anfitrión por tercera vez. Parecería que somos expertos en organizar mundiales. Pero la verdad es que ya no dominamos la organización de todo lo demás.

La Ciudad de México se prepara, dicen. Y viene la imagen de la maquinaria pesada trabajando día y noche, ingenieros (de los de verdad) revisando puentes con seriedad, cuadrillas arreglando todo con eficiencia suiza.

Luego la verdad llega cuando se sale a la calle y se recuerda que se vive en la Ciudad de México, donde por ejemplo los baches nunca se arreglan. Solo se politizan.

El contraste es brutal. En los discursos oficiales y en los reels en inglés (pagados) de muchos influencers aparece una capital moderna, vibrante, preparada para recibir al mundo. En la vida real están lugares como el Metro, el que alguna vez fue orgullo de la ciudad y que hoy funciona como un recordatorio diario de que el mantenimiento solo es una teoría de algún baboso neoliberal.

Vagones detenidos, estaciones cerradas, retrasos peligrosos que ya ni siquiera sorprenden a los usuarios, los cuales apenas tienen espacio para respirar.

El capitalino promedio ha desarrollado una filosofía de amor/odio a la CDMX. Ya no se indigna (tanto). Observa el tráfico del Periférico con paciencia monástica, como quien espera una señal divina. O a un pesero que con suerte llegará antes de que termine el sexenio para hacer un poco menos de las dos horas diarias a la chamba.

Sin ser un problema nuevo, sí es curioso que rumbo a un Mundial el sistema de transporte público chilango opere con la lógica del “ahí se va”. Un día se incendia un centro de control. Otro día se cae un tramo del Metro. Otro día simplemente no llega el camión.

Pero todos seguimos adelante porque al final el verdadero deporte nacional no es el futbol. Es la resignación chilanga.

Ya ni hablar de la superficie. Calles parchadas, avenidas eternamente en reparación, banquetas que parecen diseñadas por alguien que claramente odia a los peatones y ama los puestos callejeros y las terrazas hechizas de restaurantes.

Caminar en la ciudad se ha convertido en una disciplina olímpica. Salto de bache, esquive de puesto ambulante, brinco de coladera, carrera contra el semáforo, operado por policías de tránsito aburridos.

La Regenta siempre promete soluciones con videítos entusiastas tipo anuncio de papitas fritas. Habla de miles de rescates urbanos e intervenciones transformadoras inexistentes. Su narrativa siempre es básicamente, utópica. Cómo todas sus “grandes” ideas urbanas (sic), apareció lo del tapizar de pasto el Zócalo. La ciudad se desmorona, pero ganaremos el “Guinness”.

La realidad es más ruin. Obras que tardan demasiado, decisiones improvisadas y esa sensación persistente de que la ciudad se gobierna solo con entusiasmo, buenas intenciones y Resistol.

No se trata solo de seguridad, aunque tampoco ese asunto esté exactamente resuelto. Se trata de infraestructura, de servicios, de la simple capacidad de una ciudad que está desbordada, para funcionar con cierta dignidad cotidiana. Por lo menos para las visitas.

Porque el Mundial esta vez durará apenas unos días. Vendrán los turistas, se tomarán fotos frente al Estadio Azteca, dirán que la comida es maravillosa y que los mexicanos somos muy amables. Que la ciudad es bellísima. Y tendrán razón. México tiene ese talento extraordinario de ser encantador incluso cuando funciona mal y el polvo se barre debajo del petate.

Pero la pregunta incómoda ya no es qué pasará durante el Mundial, es qué pasará después.

Cuando se apaguen las pantallas gigantes, cuando se vayan los visitantes, cuando la FIFA se lleve su espectáculo, sus patrocinadores, sus millones de dólares y su vocabulario corporativo inequitativo.

Cuando la ciudad vuelva a ser solo la chinampa seca en medio de lo que queda del lago.

¿Seguiremos con un Metro fatigado, calles rotas y obras eternas?

¿O el Mundial será el momento en que por fin decidirá la Transformación arreglar algo de verdad y no sólo para la foto?

La experiencia mexicana reciente sugiere otra cosa. Durante unas semanas todo parecerá mejor. Habrá pintura fresca, policías visibles, rutas ordenadas y baches discretamente maquillados.

Una ciudad lista para el reel de Instagram. Para la narrativa oficial. Para vernos chulos de bonitos. Modernos. Confiables.

Y después cuando el mundo ya no esté mirando, volveremos con toda tranquilidad a nuestra tradición mexicana más persistente.

A tener los mismos baches de siempre…