A una semana del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, México debería vivir un ambiente de optimismo, orgullo nacional y entusiasmo por recibir a millones de visitantes. Sin embargo, el clima previo al torneo está marcado por protestas, presiones sindicales y obras de infraestructura improvisadas que enrarecen la antesala de la mayor fiesta deportiva del planeta.
Dos decisiones políticas ayudan a explicar esta realidad: la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco y la reversión de la reforma educativa.
De no haberse cancelado el NAIM, México contaría hoy con uno de los aeropuertos más modernos y grandes del continente. La terminal fue concebida para resolver la saturación crónica del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y convertirse en la principal puerta de entrada al país y durante las próximas décadas.
En su lugar, la cancelación obligó a implementar soluciones parciales: ampliaciones, remodelaciones apresuradas, restricciones operativas en el AICM y la construcción del AIFA como alternativa. El resultado es un sistema aeroportuario fragmentado, más complejo para los visitantes y muy distante de la imagen de modernidad que el país debió proyectar durante el Mundial.
Mientras otras naciones aprovechan este tipo de eventos para consolidar infraestructura estratégica planeada durante años, México llega dependiendo de remiendos de última hora y de una red aeroportuaria cuya operación sigue generando cuestionamientos.
El segundo factor es la capacidad de presión recuperada por la CNTE. La organización magisterial siempre ha tenido una enorme fuerza de movilización, pero la reforma educativa impulsada durante el gobierno de Enrique Peña Nieto limitó significativamente su influencia sobre el sistema educativo y redujo varios de sus espacios de negociación política.
La derogación de aquella reforma modificó sustancialmente el equilibrio de poder entre el Estado y las organizaciones magisteriales, sin resolver los problemas históricos del sector relacionados con salarios, pensiones o condiciones laborales. Lo que sí logró fue devolver protagonismo a actores que hoy vuelven a demostrar su capacidad para bloquear vialidades, instalar plantones y colocar al gobierno de rodillas precisamente en el momento en que más busca proyectar estabilidad ante el mundo.
Que distinta sería la narrativa nacional si no se hubieran cometido estos dos errores históricos. En lugar de hablar de saturación, conectividad deficiente y soluciones improvisadas, México estaría presumiendo una obra emblemática concluida justo para la cita mundialista. En lugar de observar la capacidad de la CNTE para paralizar zonas estratégicas del país, el gobierno contaría con un marco institucional más sólido y menos dependiente de negociaciones políticas permanentes.
Resulta irónico que ambas problemáticas compartan un mismo origen: decisiones tomadas con una visión política de corto plazo, movidas por cálculos electorales y sin valorar plenamente sus consecuencias.
Lejos quedó ya aquel Congreso de la FIFA en Moscú del 13 de junio de 2018, cuando Donald Trump, Justin Trudeau y Enrique Peña Nieto celebraban la designación de Norteamérica como sede del Mundial 2026 y proyectaban una imagen de liderazgo regional ante el mundo.
Hoy, el México de la llamada cuarta transformación está muy lejos de lo que pudo haber sido. El país que llega al Mundial no es necesariamente el que debía llegar. Y esa diferencia no es producto de la mala suerte ni de conspiraciones injerencistas. Es consecuencia de decisiones equivocadas: por incapacidad, por torpeza o, quizá, por una obstinación ideológica que terminó imponiéndose sobre el interés nacional.
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