Arnold Hutschnecker fue un psiquiatra nacido en Austria que emigró a Estados Unidos (https://www.nytimes.com/2001/01/03/us/arnold-hutschnecker-102-therapist-to-nixon.html) y al que, fuera de este país, seguramente nadie recuerda.
Su legado principal, sin embargo, no sólo fue tratar profesionalmente a Richard Nixon -una misión perturbadora si las hay-, sino haber insistido en que los líderes, más allá de lo político, “deberían ser sometidos a chequeos exhaustivos por parte de médicos y psiquiatras para garantizar que los más brillantes sean también los más sanos mental y moralmente".
Este es un campo específico en el que las ciencias sociales en México han sido omisas para examinar, por ejemplo, a los presidentes. Rara vez se habla de sus traumas biográficos o problemas de personalidad, entre otras razones, porque analistas, taquígrafos o condotieros mediáticos (frecuentemente empaquetados en una misma persona), no están preparados intelectualmente para discernirlo.
Explorar tales resortes, sin embargo, debiera ser una asignatura obligatoria para construir expectativas acerca de los políticos, saber negociar con ellos, crear una estructura de incentivos tal que los lleve a tomar unas decisiones y no otras, y calibrar qué tan estables son para gobernar.
Por ejemplo, en las 11 veces que han hablado Sheinbaum y Trump el libreto es el mismo. Ella asegura que conversaron sobre comercio y seguridad en un marco de coordinación, cooperación y soberanía, y él repite su mantra de la frontera, el fentanilo, las organizaciones terroristas y, como su pecho sí es bodega, remata declarando, igual que con Delcy o María Corina: “Es una mujer fantástica, maravillosa, estupenda”. ¿Verdad o mentira? No lo sabemos, pero en política la mentira es genética.
Hasta allí todo parece una zanahoria rozagante. Pero horas después viene el palo mercurial: un día los aranceles por enviar petróleo a Cuba; otro la amenaza de ataques contra narcos o su traslado a EU; las restricciones a exportaciones ganaderas; presiones por el agua y así hasta el infinito. Podría decirse que en esa relación hay algo de impío o de bipolaridad o, de plano, ambos coinciden en que nada más aburrido que un matrimonio feliz y lo escenifican en consecuencia.
La lección de cada charla es ya reiterativa: dame lo que yo quiero y te diré lo que quieras oír. Como la reacción entre el coro morenarco es, naturalmente, entusiasta y lisonjera, la presidenta internaliza la creencia de que lo ha hecho muy bien, aunque la dinámica de lo que siga sea impredecible… hasta el siguiente telefonazo.
Como puede advertirse, ese juego exhibe una suerte de disonancia cognitiva mediante la cual la presidenta recoge afuera el reconocimiento que anhela adentro -y que no consigue- pero le sirve para lubricar sus odios y contradicciones. Por las mañanas miente o descalifica e insulta a todos los que considera sus enemigos, pero en su yo profundo, como si fuera un circuito de compensación, ansía ser elogiada por éstos porque equivale a sentir que así los derrota.
En cambio, se muestra amable, condescendiente y hasta charming con su interlocutor norteamericano, del que sí obtiene el abrazo y una especie de endoso político que le irriga además -humanum est- su tejido emocional.
Dicen los psiquiatras que estos contrastes tienen que ver con rasgos complejos de personalidad. Roger MacKinnon, un psicoanalista de NY que observó (¿o trató?) a Bill Clinton, decía en privado que éste era “un trastorno de apego andante que usa el encanto y la habilidad para disimularlo por la necesidad de ganarse a los demás. Él no se apega, seduce”.
En suma, regresemos al principio: ¿cuánto enriquecería el desempeño de los líderes políticos o se evitarían sus malas decisiones si pudieran entenderse mejor los laberintos de su mente?
Ciertamente, es un terreno pantanoso porque emergen los demonios interiores, pero necesario.
