No resulta exagerado afirmar que la República democrática, como forma de gobierno de la libertad y para la libertad, se asfixia en el yugo de un régimen que avanza en la pretensión de instaurar, a toda costa, la más nefasta de las hegemonías políticas posibles: la que concentra en unas cuantas manos el poder político, el poder criminal y el poder corruptor.
En nuestro país, se ha borrado la línea divisoria entre la sociedad y el submundo criminal. Los códigos de complicidad e impunidad se han impuesto al imperio de la ley. Las organizaciones criminales suplen al Estado en la condición básica de dominio territorial, en gran medida como consecuencia de esos pactos de connivencia electoral y de contubernio rentista. La mafiocracia es la voluntad facciosa que asigna poder y también la nueva mano visible que ejerce efectivamente la rectoría sobre la actividad económica. Fuerza bruta que sepulta las alternativas políticas con el mazo de la violencia y la horca del dinero ilícito. Monopolios económicos de la coerción y de la infiltración silenciosa en la economía legal. Un sistema de redes criminales y de élites corruptas que tiende a la captura y al control de todos los ámbitos de la vida pública. La oligarquía de los mercenarios.
El PAN fue la alternativa cívica, pacífica y democrática en la larga era de la dictadura perfecta del partido hegemónico. Tiene ahora el deber trascendente de encarar al régimen de las mafias. Su misión no se limita a reanimar la pedagogía social de la causa por la libertad de voto, el pluralismo o la estabilidad institucional. La nostalgia en torno a las aspiraciones transicionales se queda corta ante la crudeza de las realidades que se nos imponen en forma de violencias, desigualdad, corrupción y vacío existencial. La nueva batalla cultural apremiante es la articulación de una conciencia civilizatoria que nos permita, como sociedad, distinguir lo correcto y hacer lo justo frente a las malformaciones que genera el individualismo exacerbado, las identidades dúctiles, la angustia tecnológica o la erosión de los hábitos comunitarios. Una vuelta al origen en la idea militante de la política como ética práctica de los libres y como ejercicio cívico de autogobierno.
El PAN ha emprendido una apuesta por encabezar esa batalla cultural. Además de reafirmar su identidad desde los valores de la patria, la familia y la libertad, se ha propuesto, con autocrítica, romper el círculo vicioso de la captura cupular de los padrones y de la imposición camarillesca de candidaturas. Esa cerrazón burocrática que alejó del PAN a prácticamente una generación entera. La apertura de su militancia y la decisión de devolver a los ciudadanos el poder sobre las candidaturas buscan que el PAN vuelva a ser la organización que hace posible que cualquier ciudadano asuma a plenitud sus deberes cívicos y su compromiso con los demás. Son los pasos imprescindibles para convocar a los ciudadanos de bien para que encabecen las causas sociales más urgentes, más apremiantes y necesarias a través, sí, de la política, de la política orientada al bien común, de la política que es entendimiento entre distintos que buscan vivir bajo un orden que les permita aspirar a la felicidad.
Acción Nacional abre sus puertas a las madres buscadoras que sufren el desdén de la autoridad; a los profesionales de la salud abandonados por un sistema público colapsado y privatizado; a los maestros que defienden la educación libre de adoctrinamiento; a los empresarios y comerciantes extorsionados por el crimen y por sus socios en el gobierno; a los jóvenes que exigen un futuro de emancipación en medio de transiciones tecnológicas y ambientales. También a esos ciudadanos con experiencia para gestionar la complejidad de la acción de gobernar. El PAN quiere ser y debe ser la casa, la escuela y la plaza de ciudadanos que se animen a representar a una parte de la rica y plural sociedad mexicana: de aquellos que nunca entregarán su libertad a una mafia.
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